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Mi primera vez: así descubrí a Soziedad Alkohólika

Puede que sea un mal navarro, no lo sé. Quizá sea por algo de la infancia.  Lo que sí sé es que nunca me convencieron las fiestas de los pueblos de Navarra, Sanfermines incluidos. Nunca quise participar en procesiones ni romerías en honor de vírgenes, santos ni ‘patrones’, ni en encierros, novilladas, corridas de toros o suelta de vaquillas.  Ni siquiera me gustaba ir a verbenas. Me ponía malo solo con pensar que igual tenía que bailar alguna de las repetitivas piezas que tocaban las orquestas. Desde niño desarrollé cierta tendencia a la desobediencia, a llevar la contraria a todos (familia y profesores incluidos) y a buscar mi propia dirección: bastaba con que alguien sugiriera que no hiciese o que no fuese a algún lugar para que aquello se convirtiera en prioridad: tal vez por ello terminé yendo en 1985 a Magdalenas de Rentería/Orereta; en 1986 a la Aste Nagusia de Bilbo o en 1988, a fiestas de Barakaldo, donde descubrí a Parabellum compartiendo escenario con Eskorbuto y Peter and The Test Tube Babies un 15 de julio: nada que ver el ambiente de esas plazas con lo que había conocido hasta entonces, presidido siempre por cierto tufillo a religiosidad y caspa ‘de toda la vida’ y barnizado por un hipócrita desenfreno alcohólico al amparo de la ‘fiesta’. Tolerancia 10 que se diría ahora. Siendo esto así, por huir de mi particular agobio, al mes siguiente de mi escapada a Barakaldo, un buen día de agosto de 1988 fui a fiestas de la cercana Vitoria/Gasteiz. Y en buena hora tomé la decisión…

Una vez en la capital alavesa lo primero que hice fue buscar el recinto de las txoznas, de obligada visita y no solo por la imprescindible ingesta, sino por ver qué maquetas tenían a la venta; cintas que únicamente se podían adquirir en esos recintos, haciéndome aquel día con una que recogía un  directo de La Polla Records, Vómito, Kortatu y Kemando Ruedas que todavía conservo. Y lo segundo, buscar el Gaztetxe, un caserón ocupado aquel mismo año y en funcionamiento todavía. Ya dentro, viendo que iba a haber un concierto y que el Moscatel se vendía a 40 pesetas el vaso (sí, amigos, 0,21 euros), decidí apalancarme a echar la tarde y parte de la noche. Según me dijeron iba tocar un grupo que hacían algo así como una mezcla de punk y heavy acelerado con más voluntad que otra cosa, pues estaban empezando. Soziedad Alkoholika se llamaban, y como me gustó el nombre me quedé. 

Qué ruidera. Qué totum revolotum de vatios y nervio en estado puro. Qué voz la del tipo que cantaba. Pese a que no entendí nada, el climax que alcanzaban tocando me sacudió. No cabía duda de que aquellos jóvenes melenudos creían en lo que hacían y que lo transmitían, atacando en vez de acatando cualquier autoridad. Sin ser consciente de ello, estaba ante una de las bandas llamadas a explotar con la nueva década: Soziedad Alkoholika, los S.A.

Pronto volví a saber de ellos, pues ese mismo año pasaron por el Txoko Gorri de Antsoain a finales de septiembre, y al siguiente, 1989, por Villava/Atarrabia, donde compartieron cartel con La Polla Records, dejando boquiabierto al respetable con la voracidad más que velocidad con que despacharon las canciones: temas como Ya no queda nada, (incluida años después en Ratas), Mili mierdaProud to be a Canadian, de Dayglo Abortions (incluida en su LP de 2001 Polvo en los ojos como Escapada), Ya huelenNo te enteras, una surrealista versión de La BambaCervezas y porros… Esta última canción, únicamente incluida en el disco en directo de 1999, siempre me hizo gracia por parecerme la equivalente a una compuesta por Tijuana in Blue en 1986, titulada Clarete y Speed: ¿claramente definitorias de lo que se llevaba en cada capital? Aún recuerdo una contraportada de Diario de Navarra de dicho 1986 alertando a la población sobre la llegada del speed y su peligrosidad: a las pocas semanas, los Tijuana ya tenían su canción. 

Aquellos S.A. le pisaban a fondo, y aquello prometía; 1988, en el año en el que Ben Johnson deslumbró al mundo con su punta de velocidad, a mí me deslumbraron con la suya los Soziedad Alkoholika, rompiendo la velocidad de la luz al filo de lo imposible. Y muchos fuimos los deslumbrados pese a la omnipresente sensación de ruido que rodeaba sus conciertos. Pero era algo inevitable: entre la avaricia con la que tocaban y la mala acústica de los locales que les daban acogida, frontones mayoritariamente, los técnicos de sonido tampoco podían hacer más a la hora de sonorizarles: ¿qué hacer con aquel tsunami sonoro que, procedente del escenario, arrasaba con todo? ¡Si hasta el doble bombo del batería parecía multiplicarse por cuatro! 

1990 trajo a S.A. a Pamplona con motivo de la grabación de su maqueta Intoxicazión Etílika, algo que hicieron en los Estudios Arión aunando también en la cinta una fuerza y una velocidad inusuales hasta entonces: estudios estos, Arión, en los incluso se diseñó el célebre logotipo de la banda y a los que regresarían a finales de 1992 para registrar el EP Feliz Falsedad, grabando la intro de los teclados del célebre anti-villancico el técnico Jesús Los Arcos. En dicho trabajo se incluyó una versión de una canción de Queen muy pinchada en la época, A mí no me gusta el polvo, tema que se grabó dos días antes del fallecimiento de Freddie Mercury, por lo que se la dedicaron. 

Con semejantes cimientos de puro hormigón armado y unas credenciales sonoras como las incluidas en aquella maqueta (rubricadas a la altura en 1991 por las canciones del disco negro, su apabullante primer álbum oficial), la banda fue creciendo exponencialmente en popularidad, aunque de primeras su música no terminara de ser aceptada por ciertos sectores, como los más vinculados al más inmovilista heavy metal: y de eso Pamplona, ciudad de extremos siempre, sabía bastante. Recuerdo a mi yo veinteañero poniendo la maqueta en la Herriko de la calle del Carmen, donde se pinchaba mucho heavy y punk, y a una de las cocineras saliendo a la barra escandalizada, llamándome enfermo y pidiéndome a voz en grito que quitara aquello…

Temas como S.H.A.K.T.A.L.E., No eres másIntoxikazion etílikaNos vimos en BerlínLo tienes fácil (de sempiterna actualidad: bueno, como todas), Padre Black & DeckerKontra la agresión kastración o La última partida nos cortacircuitaban la cabeza directamente, con la guitarra de Jimmy replicando a inusitada velocidad a la gutural voz de Juan… al igual que los teclados de John Lord respondían a los punteos de guitarra de Ritchie Blackmour en el Highway star del Made in Japan de Deep Purple. Y todo ello sobre la irreductible base rítmica propulsada por la batería de Roberto: demasiao pa´l cuerpo, tal y como se decía en aquellos años. 

1993 y 1994 trajeron de nuevo a S.A. a la ciudad en sendas citas en apoyo a la Insumisión: la primera en Antsoain, con Flitter, y la segunda, en Burlata, con Negu Gorriak, continuando la banda hasta nuestros días su imparable trayectoria mucho ruido y muchísimas nueces de por medio, disco a disco concierto a concierto. A todo tren. Sí, pese a que algunos intentaran pararla y hacerla descarrilar por medio de una demoledora campaña de calumnias (‘bulos’ tal y como se les denomina ahora), criminalización y ‘zensura’ a una con la llegada del nuevo milenio: tal vez porque no les gustaran las letras de las canciones, ricas en aires de denuncia y compromiso social y siempre en una línea acorde con la música, igual de corrosivas, explícitas y directas. ¿Censura con ‘z’, he escrito? Sí, ‘zensura’, siendo como fue aquello un encubierto intento de aplicar el ochentero Plan Zen (Zona Especial  Norte) a la música del grupo. 

Pioneros y protagonistas de la mejor combinación de hardcore, punk y metal facturada en el Estado, 32 años (y una pandemia después) ahí siguen a día de hoy Soziedad Alkohólika, regalándonos buenos momentos.   Rompiendo la barrera del sonido, salteando partituras con total actitud y descaro, tal y como pude comprobar al 3 de enero de este maldito 2020 en la sala Totem de Atarrabia en mi último concierto pre-confinamiento como público, mostrando un momento de forma apabullante.  

Soziedad Alkohólika, todo un ejemplo de independencia, trabajo,  coherencia y de banda política en el sentido de crítica y contestataria, no de politizada o de partido. En dicho sentido poco amiga la banda del uso de iconos o reclamos ideológicos: sin ‘Ches’, estrellas rojas ni demás parafernalias, siendo siempre ellos, sus circunstancias en forma de canciones y su logotipo por bandera. Políticos sí, pero por sentido común y convicción, no por definición. Desde una postura claramente librepensadora, Sin Dios ni náEstado enfermoItoiz ito ezPalomas y buitresDios vs. Alá… Ojalá nos duren muchos años más.

j. Óscar Beorlegui

Mi primera vez: así descubrí a Cicatriz

La primera vez que leí el nombre Cicatriz fue hace treinta y seis años, en julio de 1984; en plena desescalada hacia los Sanfermines en un cartel que anunciaba un festival denominado  S.Ferminiko Infernorock. La cita era en el Jito Alai, detrás del frontón Labrit, estando previstas entre las 19:00 horas del viernes 13 y las 7:00 del sábado 14 las actuaciones de hasta ¡17! bandas, entre ellas las de unos primerizos Los Rebeldes, Ser-Vicio Público o RIP.

Aquellos Sanfermines fueron muy especiales para mí, pues debuté en el mundo de la hostelería. ¿Mi destino? El Adiskideak de la calle Calderería, y mi horario, de 7:00 am a 10 am, para cubrir las necesidades etílico-festivas y alimenticias del personal en sus últimas horas de jarana o en las primeras del nuevo día: las de una clientela que, con el encierro en lontananza, ya no se tenía en pie o se acababa de levantar. Con un horario semejante, ¿cuál era mi plan? Dormir durante el día y salir con la cuadrilla y trasnochar directamente hasta el momento de ir a trabajar, algo que, al igual que cualquier otra jornada, hice el sábado 14 de julio, yendo muy entrada la madrugada al Jito Alai para ver a los RIP: responsables directos de que me encaminara hasta allí, toda vez que ya los había visto dos meses antes con la Polla Records en la Plaza del Castillo. Y de aquellas descubrí a Cicatriz.

Poco recuerdo de su actuación, si acaso a Natxo Etxebarrieta, su cantante,  en estado de ebullición total y que las canciones arrancaban y se paraban en medio de un gran desparrame, siendo lo más impactante la transgresión que su sola presencia en el escenario suponía.

Procedentes de Vitoria/Gasteiz, ciudad prima-hermana de Pamplona en muchísimos aspectos (muy conservadoras y tradicionales ambas, con importante presencia de curas, monjas y militares), Natxo, Pepín, Pakito y Pedrito, los Cicatriz, eran depositarios del espíritu salvaje de los Freak y de la banda que originariamente salió de sus cenizas como parte de un programa de terapia, Cicatriz en la Matriz, de quienes heredaron modos, maneras, cantante masculino, baterista, guitarrista y canciones como Escupe (“escupe a la ‘estupa’ / que va en su Ritmo”, en alusión al modelo de vehículo de la brigada de estupefacientes de la época, el Seat Ritmo), Cuidado Burócratas o Aprieta el gatillo, firmadas por el que fuera el cantante de los Freak, el hoy reconocido escultor Juanjo Elguezabal: autor de la escultura de El Caminante de Gasteiz que, dicho sea de paso, escribió letras en todos los discos de Cicatriz. Los tres obuses citados, incluidos en 1985 en el célebre Disco de los Cuatro, también iban  firmados por Pedro Landatxe, baterista, talento musical en la sombra y alma mater de los Zika, como se les conocería popularmente. 

Siendo esto así, pronto, muy pronto se materializó la conexión entre Pamplona y Cicatriz, multiplicándose de forma exponencial sus seguidores navarros conforme se iban sucediendo sus visitas: Pabellón Anaitasuna y frontón Bidezarra de Noáin en 1985, barracas políticas en 1986 en un caótico y multitudinario concierto (con nuevo disco recién publicado, Inadaptados), bar La Granja en otoño de 1987 con un jovencísimo Goar Iñurrieta como guitarrista en lugar de Pepín…

Habituales del Ttutt y con muy buenos amigos en la ciudad, como El Drogas, aún recuerdo la intensidad con que vivimos en el bar durante meses las canciones de Cicatriz, mediante una práctica que llevábamos a cabo los viernes a partir de las ocho de la tarde; cuando intuíamos cargado el ambiente, esto es, casi todos los fines de semana (“son las ocho y qué follón / en la manifestación…”) íbamos al Ttutt y a una con las señales horarias del reloj de la catedral comenzábamos a beber vinos, calentándonos a la vez que se encendían las calles con canciones de Cicatriz como Botes de Humo o cualquiera de las de InadaptadosEra un hombre, de la Polla Records; La línea del frente, de Kortatu Mucha policía poca diversión de Eskorbuto: qué subidones de adrenalina al ver desde el bar cómo corrían las botas de los antidisturbios al otro lado de la puerta, escuchándose cada vez más cerca, cual truenos tras los relámpagos, los pelotazos. 

Recuerdo que una tarde-noche de aquellas de nubes y claros (y claretes, más bien), tal vez a modo de editorial o resumen de lo que se vivía,  a una con los últimos estertores de la bronca sonó el Hay algo aquí que va mal de Kortatu, tema que Natxo cantó siempre en directo, desde los primeros tiempos, mano a mano con Fermin.

Tras años vividos a toda máquina, multiplicados por unos cuántos cada uno, en 1988, con fecha ya para la grabación de un segundo disco, Zikatriz (según se leía en la entrada) actuaron el 25 de mayo en la Plaza de toros de Estella/Lizarra, siendo este concierto el penúltimo de Natxo antes de un accidente de moto que lo dejó unos años fuera de juego, postrado en silla de ruedas hasta que, fuerza de voluntad y algo más de por medio, ante la incredulidad incluso de la clase médica, se levantó, quedando obligado, eso sí, a valerse de una muletas para andar. Y no solo se levantó, sino que en un increíble salto mortal volvió a poner en pie a Cicatriz, regresando en loor de multitudes con nuevo disco, 4 años, 2 meses y 1 día, y un par de conciertos, tres años después del de Lizarra: uno, el 8 de junio, en Gasteiz, y el otro, el 15, en Pamplona, donde llenaron el pabellón Anaitasuna  dando el grupo, en opinión de Natxo,  el concierto de su vida. Subidón, tras abrir para ellos La Polla Records. Ah, el grupo de Evaristo, cuántos conciertos protagonizó en este, el pabellón del rock por excelencia, ya propios, ya abriendo para otros en su vuelta (como en este caso) o haciéndolo en su despedida, algo que harían a finales de 1992 a propósito de la de Hertzainak.

Aún volvería a ver a Cicatriz otra vez en dicho 1991, esta vez en Bergara, en un concierto compartido en uno de sus regresos a los escenarios con aquellos a quienes un buen día de 1984 fui a ver al Jito Alai, los RIP. Con un grupo, al igual que Cicatriz, condenado a pasar por los escenarios como el Guadiana, yendo y viniendo. Poniéndose y quitándose de vez en cuando y que, como las Nochebuenas del villancico, se iban y venían, hasta que se fueron y no volvieron más… 

Tras haber vivido como un ciclón, a toda velocidad, y haber visto caer a toda la formación original; arrastrando su cada vez más castigado cuerpo como una cadena de presidiario, Natxo aún reorganizó los Cicatriz en otoño de 1994 para tocar en un concierto homenaje a Pakito, en el que también tocarían  RIP, registrando estos allí su disco en directo: algo que harían Cicatriz ese año en otro concierto, la víspera de Nochevieja, en lo que había sido la mítica sala Ilargi de Lakuntza. Con motivo de su publicación, en abril de 1995 me planté en Gasteiz y le entrevisté para El Tubo, revista en la que comencé en 1994 como entusiasta escribiente de rock & roll y en la que publiqué hasta el 2000 una larga lista de entrevistas y colaboraciones. Natxo y yo nos conocíamos por amigos comunes y por diferentes incursiones suyas en la Herriko Taberna de Pamplona, donde trabajé hasta 1993: Sanfermines de 1992, nunca olvidaré el día en el que tras entrar al servicio con su inseparable muleta y permanecer allí un buen rato (yo ya me temía lo peor), salió sin ella, dejándosela olvidada. Dicha muleta permanecería colgada durante muchísimo tiempo en el techo del local: la misma que a una con sus subidones, acababa volando en todos los conciertos, súper salvajes siempre, siendo dichos vuelos auténticos termómetros de la pasión con la que el cantante los vivía. 

A una con la entrada de 1996, el 5 de enero Natxo falleció, yéndose con él para siempre los Cicatriz, banda que tan profunda e imperecedera marca  dejó en la escena y en las almas de tantos de nosotros, connotaciones del nombre aparte. Vayan estas líneas en su memoria y en la de Papín, Pakito, Pedrito, Portu, Mahoma y Jul, estos tres últimos, de RIP.

J. Óscar Beorlegui

Mi primera vez: así descubrí a Extremoduro

Extremoduro llegó a mi vida sin avisar. Sin premeditación, nocturnidad ni alevosía. Lo hizo como un amor tardío, cuando yo ya pensaba, qué osada es la juventud y qué atrevida la ignorancia, que a mis 25 años ninguna banda que pudiera escuchar me impactaría ya de forma determinante. Que ningún grupo podría alterar mis emociones tal y como lo habían hecho para entonces La Polla Records, Barricada o Cicatriz, por citar unos ejemplos. Ah, qué equivocado estaba, como años más tarde la vida y sus lecciones me lo volvería a recordar. 

Fue en agosto de 1992, año en el que me dejé caer por la Feria de Málaga. Allí sucedió todo. La primera noche, la única que se podía salir por el Centro de la ciudad (las restantes jornadas, en horario nocturno, la feria se trasladaba al Real, en las afueras de la capital) di con un bar de esos que horas antes hubiese pagado por encontrar. Con un bar… Imposible a priori en aquellos lares, en medio de aquel maremágnum de establecimientos llenos sus mostradores (y suelos) de botellas de fino, de faralaes, banderitas y típicos ornamentos sus techos y paredes y, a todo volumen, sevillanas  dando color al ambiente… 

Fui callejeando por la parte vieja y menos turística de la ciudad, por calles nada concurridas pese a la algarabía de otras próximas; de pronto tuvo lugar el hallazgo: Honky Tonk, leí un deslavazado cartel que pendía sobre un pórtico que parecía albergar gente en su interior. Y lo más importante para mí a aquellas horas: vida, más allá de lo que se cocía en la ciudad. 

Efectivamente, aquel era el local que mi instinto, aun sin saberlo, llevaba horas buscando. Allí, ante mí, estaba la razón que me había llevado a caminar y profundizar por aquellas callejuelas de andar seguramente inmoral. Honky Tonk, estaba abierta la puerta, todo un mundo de previsibles placeres conocidos se me ofrecía: una atmósfera cargada en su punto; gente vestida de forma normal, bafles cutres escupiendo a todo trapo rock and roll, cubatas digeribles para el bolsillo…  Sobra decir que allí me quedé toda la noche.

Al día siguiente, por aquello de despejar la niebla gris de mi cabeza, salí con mi walkman a mediodía, pero lejos de buscar la playa o el paseo marítimo, regresé sobre mis pasos con la fe del converso: fui a ver si existía aquel bar o todo había sido fruto de una ensoñación. Sí, allí estaba, y abierto. Recién fregado el suelo aunque la barra todavía era pasto de ceniceros llenos, botellines semivacíos y vasos apegados. Y allá estaba el mismo camarero que la noche anterior, afanándose en recogerlo todo. Tras pedir Coca Cola con mucho hielo, me ofrecí a echarle una mano, y pronto entablamos conversación: charla que, indudablemente, comenzó a girar alrededor de la música. 

El hombre quedó impresionado cuando le hablé de los nuevos discos de bandas vascas que habían sido publicados aquel año, ¡no tenía ni idea! Conocía a los grupos que le nombraba, pero no sabía de la existencia de aquellos trabajos ni, lo verdaderamente preocupante para él, tampoco cómo conseguirlos.

Pasó la semana de Feria, y la víspera de volver a Pamplona, pasé por el Honky Tonk a despedirme. En señal de amistad, decidí regalarle al camarero las cintas grabadas que me había llevado de vacaciones: los nuevos discos de Cicatriz, Negu Gorriak y Soziedad Alkohólika. El hombre se quedó sin saber qué decir, mirando las cintas como si de pequeños tesoros se tratase, hasta que en un momento dado se encaminó al almacén regresando con un disco de vinilo: “toma, te voy a regalar este disco, a ver si te gusta. Dejó un tipo un montón para vender y no he vendido ninguno”, me dijo extendiéndome el LP. “¿Los conoces?”, continuó.  Se trataba del Somos unos animales, segundo álbum de Extremoduro. El nombre me quería sonar, lo había visto escrito alguna vez, pero no los había escuchado. 

 Ya de vuelta a Pamplona, tras darle vueltas y más vueltas (al vinilo y a la cabeza: reconozco que aquel disco me la voló), caí. Ya sabía dónde había visto antes aquel nombre tan singular: en mi casa. ¡En una maqueta que había comprado el año anterior porque salía La Polla Records! Se trataba de una cinta que reunía canciones de Extremoduro y La Polla por la cara A y de Potato y Rosendo, por la B. El artefacto en cuestión, aquello era pura metralla sonora, se grabó en septiembre de 1990 durante un concierto celebrado en las fiestas alternativas de Mikelin 90 en Abetxuko, Gasteiz. Las canciones de Extremoduro que se incluyeron fueron Jesucristo García (con la posterior Ama, ama, ama y ensancha el alma recitada como introducción por un torrencial Manolillo Chinato) y Emparedado. Sobra decir lo impactado que me quedé cuando las escuché… y el cargo de conciencia que me entró por no haberlo hecho antes de aquel día, teniendo la cinta en casa como la tenía.

A una con el descubrimiento, pronto cambiaron las tornas, pasando a ser aquellas canciones, desde entonces, las más escuchadas de la cinta: y ya no solo en mi casa, sino principalmente en el programa que por entonces hacía en la radio libre de Iruñea Eguzki Irratia, espacio radiofónico cuya sintonía de entrada, además, pasó a ser La canción de los oficios, y la de salida, Quemando tus recuerdos, ambas de Somos unos animales. Ni que decir tiene que todas las semanas llamaban oyentes preguntando por aquel grupo que amenazaba con volar y revolucionar almas, corazones y cabezas sin posibilidad de vuelta atrás. 

¿Cómo había podido vivir hasta entonces sin aquella banda?, me preguntaba una y mil veces escuchando sus canciones sin cesar; unos temas de provocador carisma y deslenguada personalidad marcados a fuego por la malencarada voz de Roberto Iniesta, piedra angular del grupo. Pronto descubrí que aquellos Extremoduro contaban con otros dos discos que yo no conocía, y que adquirí de inmediato: los descomunales Rock transgresivo (Tú en tu casa, nosotros en la hoguera) y Deltoya. “Bueno, no hay mal que por bien  no venga”, pensaba  para mí tratando de autoconsolarme siendo consciente de lo siguiente, por otra parte: de la inmensa suerte que había tenido, pues no en vano se habían presentado en mi vida sin avisar, como acostumbran a llegar las cosas buenas, y con aquellos tres trabajos (maqueta aparte). De golpe, dando todo un golpe de mano en mi ser cuando ya pensaba que lo había visto todo…

A partir de entonces llegué puntual a sus restantes discos y pude asistir a inolvidables conciertos de Extremoduro. Fascinantes siempre. Irrepetibles, con la música y el caudal lírico de Robe desangrándose a borbotones sin que nadie pudiera contener la hemorragia. Con el magma sonoro resultante salpicando a diestro y siniestro como si de lava se tratase.  

Una cosa me quedó clara desde aquellos días: aquellos Extremoduro habían venido para quedarse.

J. ÓSCAR BEORLEGUI