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Mi primera vez: así descubría Marea

Una noche de Abril de 1999, un día cualquiera. Estoy en el Zumadi, bar que regento en Burlada, adelantando faenas de cara al cierre, cuando se abre la puerta y entran dos chavales, que a ver si les pongo un par de cañas y una cinta que me ofrecen. Me suenan de vista, de verlos por el Black Rose. Uno de ellos ya me había comentado que tenían un grupo: La Patera, se llamaban. Que ya me traerían una cinta al bar, me dijeron. Y allí estaban aquella noche, con su maqueta, titulada Marea, grabada en una TDK que aún conservo. Puse el casette y me sorprendió, pintaba bien la grabación. Dejé correr todas las canciones, desde la que le daba título hasta Como quiere tu abuelita, la última, y para su sorpresa volví a darle al play. Y empezamos a hablar: que a ver si conocía a Kutxi, que ya vendría otro día…Y llegó dicho día y el tal Kutxi de su mano, y el resto del clan: de la tripulación de aquel peculiar barco pirata que por entonces era La Patera, integrada además de por César y el Piñas, los chavales que me dieron la cinta, por Alén (casualidades de la vida, trabajaba en la asesoría que nos llevaba las cuentas del bar) y Kolibrí: el ‘Uoho’ de los Marea, tal y como me sería presentado meses después. Al día siguiente quedé con Kutxi para olernos de forma más pausada. Poco a poco los desembarcos de La Patera en el Zumadi fueron sucediéndose cada vez con más frecuencia (he ahí la sensación que me quedaba cuando llegaban, de estar ante un desembarco), hasta que llegó un momento en el que terminé por saberme parte de la tripulación.

“Va a subir la marea / y se lo va a llevar todo”, había cantado casi una década antes Roberto Iniesta en la ópera prima de Extremoduro, sin saber cuánta razón encerraban sus palabras. Que aquellos versos estaban llamados a ser proféticos: por azar del destino, La Patera acabó transformándose en Marea y, salvo a la banda de Robe y pocos más, cual tsunami todo se llevó.

Kutxi y yo no perdimos el tiempo para quedar, citándonos en un bar un día después de nuestra primera vez en el Zumadi. Ya allí, para abrir boca, me confesó que le había gustado mucho una entrevista que había hecho a Extremoduro con motivo del lanzamiento de Canciones prohibidas, publicada en El Tubo,  diciembre de 1998. Que sepas que la tengo colgada en mi cuarto, dijo mirándome. Viendo la pasión y confianza con que me estaba tratando, pensé que aquel tipo y yo teníamos bastante que ver, y le correspondí con la misma cercanía. Tras hablar un buen rato de música y confiarnos mutuamente curiosas peripecias relacionadas con ella, la conversación se escoró hacia el terreno de la literatura, confesándole yo algo que aún no conocía mucha gente: que también escribía con el ‘alias’ de El Piloto Suicida: con cierto éxito, con todo el éxito del mundo para mí (esto no le dije), toda vez que dos años atrás había comenzado a enviar artículos a Egin así firmados y, pese a que no sabían quién era, salían publicados. Kutxi me miró abriendo los ojos más si cabe: que sepas que el artículo que escribiste sobre la muerte de Lady Di (Di de dinero, Di de difunta) lo tengo colgado al lado del de Extremoduro, fueron sus palabras. Desde esos días nos hicimos inseparables, él, yo y los Marea en general.

A partir de ahí nuestros caminos se enredaron para siempre, quedando yo con ellos por sistema ya para asistir a conciertos de otros (siendo la primera vez a propósito de la primera visita de King Putreak al Terminal, serían unas cuántas más), o de La Patera, como el ofrecido en el mes de mayo en el Maiatza Rock de Burlada. O ya con el nombre de Marea, en agosto de dicho año en el Black Rose. Viendo yo la aceptación que estaba teniendo la banda, el no se sabía qué que tras sus conciertos quedaba flotando de forma mágica en el ambiente, una cosa tenía clara: aquel grupo tenía algo. Estaba cantado, sí: y más que lo que iba a ser cantado con el tiempo Marea, el primer tema de aquella primera maqueta.

Ya en diciembre, los Marea me hicieron un hueco en su furgoneta para ir con ellos a Vallekas, a un bolo de presentación en la legendaria sala He Be. Conducía June, encontrándose en Madrid de promoción Alén, César y Kolibrí. Cosas del invierno, la ida se transformó en una odisea de casi doce horas de duración pasada por nieve, retenciones y frío, teniendo yo la ocasión de ver de primera mano una de las caras del rock menos conocidas y una de las más duras: la referida aquella mañana de diciembre a la carretera, al filo de lo imposible por momentos, con sus invernales/infernales circunstancias a flor de asfalto en algunos tramos: vuelcos, camiones en las cunetas abiertos de patas en una especie de “espagat”, interminables e intermitentes paradas… ¿Lo  mejor del viaje? Esto… La música aportada por el primer disco de un grupo que, compañeros de discográfica de los Marea por entonces y con su primer disco recién publicado, en pocos meses daría infinitamente que hablar.

Finalmente, con el tiempo justo, sobre las 19:30 llegamos a la sala He Be, donde, ante cerca de treinta personas (en el mejor de los conteos, Kike Turrón entre ellos) tocaron los ocho temas de la maqueta más algunos nuevos, con uno de estos, Corazón de mimbre, brillando con luz propia. Toda vez que al día siguiente casi todos teníamos que volver a casa por temas de trabajo, tras depositar la furgoneta en un aparcamiento denominado ‘Poético’ (ni habiéndolo buscado a propósito), nos retiramos pronto a descansar, a un apartamento a todas luces insuficiente para todos: allí, aquella noche, Alén y June me mostraron como nunca antes hizo nadie su gran corazón y humanidad.

El año 2000 trajo nuevos viajes (cómo olvidar la primera vez a Villar del Arzobispo, Valencia, donde se tocó en un disco-pub, o a Agurain, invitados al concierto del 20º aniversario de La Polla),  y nuevo disco, Revolcón, tras ver el grupo la inclusión de una de sus nuevas canciones, Si viene la pestañí, en el recopilatorio veraniego Aurtengo Gorakada, que con gran éxito llevaba lanzando desde 1997 su nueva discográfica, GOR. A dicho pueblo de Valencia regresaríamos varias ocasiones más, compartiendo carteles con Berri Txarrak, Boikot, Soziedad Alkohólika o Barricada. Con motivo de una de aquellas visitas, se hicieron unas botellas de vino conmemorativas, correspondiéndome el honor de salir en la etiqueta. Ya con unas botellas en mi poder, decidí regalar una a mis padres. Y en buena hora, he aquí qué dijo mi madre al reconocerme en ella: “me parece muy bien que vayas a fiestas de los pueblos, pero que vuelvas en las botellas…”

Apenas entrados en 2001, nuestro primer viaje fue a Muxika, Bizkaia, para visitar a Iñaki ‘Uoho’ Antón, cuyo nombre se llegó a barajar para asumir la producción de Revolcón, aunque la cosa quedó en nada: algo que se haría realidad al año siguiente, aunque aún no lo sabíamos. Y allí que fui con ellos, toda vez que yo puse a ambas partes en contacto: no en vano para entonces había entrevistado tres veces al legendario guitarrista de Extremoduro y aún de Platero y Tú. Ya en primavera, dicho año llevó al grupo por primera vez al Viña Rock, correspondiéndoles abrir el festival, y en verano, a protagonizar en la Aste Nagusia de Bilbo un concierto junto a los Platero, uno de los últimos antes de su separación.

2002 vio la grabación del tercer disco, Besos de perro, con ‘Uoho’ al mando de la nave, y de manos de dicho álbum, tres, dos, uno, ¡cero!, llegó el final de la cuenta atrás hacia el comienzo del éxito masivo, sin que el mismo haya decrecido en ningún momento hasta la hora de redactar estas líneas: más bien al contrario, habiéndose acrecentado exponencialmente disco a disco, gira a gira. Por cierto, en dicho 2002 Marea regresarían al Viña Rock, correspondiéndoles cerrarlo.

2004 vio un nueva ‘excursión’ a Madrid por un motivo que, a partir de entonces, a una con la publicación de todos sus discos, se convertiría en habitual: la recogida de un primer Disco de Oro por las ventas de Besos de perro, recibiendo yo también uno que me fue entregado por Alfredo Piedrafita: algo, recibir un disco de oro concedido por Marea, que volvería a disfrutar en 2007 en puertas del primer viaje transoceánico del grupo, (por las ventas de Las aceras están llenas de piojos, me lo entregó Rosendo); 2012 (por las de En mi hambre mando yo (me lo trajo Kutxi y me lo dio en nuestro bar de cabecera, el Manolo de Santa Engracia de Pamplona) y en 2019 por las de El azogue, recogiéndolo en esta ocasión de manos de Iñaki Antón y Roberto Iniesta: solamente por haber sido objeto de semejantes distinciones me considero más que pagado en el mundo del rock & roll. Marea en fin. Mis hermanos en lo bueno y en lo mejor, nada que reprocharles en tantos años de compadreo, ¡la madre del cordero, desde Nochebuena de 1997 la que han liado! La madre del cordero y del rebaño entero. Y de cuantas madres engendraron el rebaño. Mis Marea, única banda de su nivel y trayectoria que, tal vez porque se quieren, continúa conformada cerca de veinticinco años después por sus mismos cinco miembros originales. Y lo que te rondaré morena, siendo los mismos que cuando empezaron y como los dedos de una mano siempre, uno para todos y todos para uno. Como siempre fue, ha sido y será, capitaneados por un Kutxi experto en dibujar nuevas piruetas en cada nuevo salto mortal, demostrando siempre una fortaleza y una agilidad metal fuera de lo común: y, a la chita cantando, coser y cantar, ahí siguen, hilvanando melodías y emociones en su particular rueca, prestos al unísono a acariciar almas y espíritus con su música o a golpear: a dar golpes de mano con cada uno de sus lanzamientos, áureos ya por definición. Kutxi, Alén, César, Piñas y Kolibrí, más grandes que la luz del sol.

J. Óscar Beorlegui

Mi primera vez: así descubrí a Negu Gorriak

Antes de que comenzara a escribir en El Tubo, cuyo nº 1 vio la luz en junio de 1989,  ya era lector de la revista. Devorador compulsivo más bien, lo mismo que de Bat, Bi Hiru, suplemento musical de Egin capitaneado por el para mí imprescindible Pablo Cabeza. Leyendo en ambos medios entrelíneas determinados artículos fui teniendo la sensación de que tras la separación de Kortatu, en las siempre bullentes cabezas de Fermin e Iñigo Muguruza se estaba tramando algo: desde el verano de 1989 (concretamente), quedando confirmados mis mejores presagios con la publicación por sorpresa en junio de 1990 del primer disco de su nuevo grupo, cuyo nombre, en lo que fue un gran golpe de mano, no había trascendido al gran público: Negu Gorriak. La formación, trío en sus inicios, estaba integrada por Fermin, a la voz, Iñigo, a las guitarras y Kaki Arkarazo, a la producción y también a las guitarras.

Rupturistas donde los haya en fondo y formas, Negu Gorriak no representaban una evolución sin más respecto a Kortatu, sino toda una revolución de desconocidas dimensiones a la vista del potencial de su disco debut. Negu Gorriak representaban una especie de factoría sonora y de ideas frente al concepto de banda convencional, y su irrupción fue volcánica, pillando la erupción con el paso cambiado a casi todos. Y es que ninguna otra banda del entorno había procedido así hasta entonces,  publicando su primer disco sin haberse dado previamente a conocer y, claro está, sin haber actuado en directo. Y sin vocación de hacerlo de primeras, de salir a la carretera como salían y siguen saliendo las bandas: tal y como los mismos Fermin e Iñigo lo habían sufrido en Kortatu, antes de terminar agotados y engullidos por el bucle disco – gira – disco. De hecho, con su primer álbum en la calle, solo harían una actuación, diciembre de 1990 ante la prisión de Herrera de la Mancha. Tal vez lo que estaban diciendo con ello es que, a la hora de tocar, iban a marcar y controlar ellos los tiempos. 

Con planteamientos como esos su sorprendente primer disco marcó de sopetón el arranque de la década de los noventa, dejando entrever con 14 certeros hachazos las bases, los pilares sobre los que se asentaría la espectacular trayectoria del grupo: desde la creación en 1991 de Esan Ozenki como discográfica llamada a editar sus álbumes (hasta cuatro veces se repite dicho nombre en la primera canción del disco, así titulada, toda una declaración de intenciones) hasta la de Bertso Hop, tienda concebida como eje de la distribución de los mismos y título de otro de los hits, brillando además con singularísima luz propia temas como Irakats ziguten hostoria, Amodiozko kanta Radio Rahin: rotunda carta de presentación que venía con un videoclip firmado por un video-realizador cada vez más reconocido, Manolo Gil. Para estas alturas la popularidad del otrora propietario del Ttutt ya había tocado techo, tras haberse encargado en 1989 de la grabación del laureadísimo video doble directo de Barricada

Quedaba claro que en la nueva normalidad musical puesta en marcha por  los Muguruza nada quedaba al azar, habiendo sido todo minuciosamente pensado: incluso el nombre del grupo, cogido prestado de la letra de una canción de Mikel Laboa, Gaberako aterbea. Dicha canción fue versionada por Negu Gorriak a finales de 1990 en un disco homenaje al citado, Txerokee, Mikel laboaren kantak. Los por entonces prometedores Su Ta Gar también incluirían en dicho álbum una versión-homenaje a Laboa, Haika mutil, cosechando con ella su primer gran éxito de masas.

Estaba claro, cada paso a dar estaba repensado y repasado al milímetro, previo paso y análisis en la cabeza fría y el corazón caliente de Fermin: estratega y agitador más que músico solamente que, tras traficar en los ochenta con el punk y el ska-hardcore poniendo a los vascos con sus ritmos en pie de baile, ahora se disponía a hacernos rapear, cambio previo de las txapelas por las características gorras del hiphop. Y lo consiguió. 

1991 trajo un segundo disco del grupo, Gura Jarrera; la programación de una primera gira, Power to the people tour 1991, internacional nada más y nada menos; el cambio de formato, pasando la banda de ser trío a quinteto (con la incorporación de Mikel Kazalis, de Anestesia, como bajista, y de Mikel Ábrego, de BAP!!, como batería) y la fundación de la discográfica Esan Ozenki como plasmación de la querencia de Fermin por la autogestión y lo que actualmente se denomina 360: tratar de abarcar y de centralizar todos los aspectos relacionados con la carrera de un grupo, siendo en esta materia todo un pionero. 

Dicho año 1991 sorprendió además a propios y extraños por la creación de discográficas por parte de muchas bandas, apareciendo sellos como Cika Records o Aketo, auspiciados por Cicatriz y Hertzainak respectivamente. Pero no era algo nuevo, previamente ya lo habían intentado La Polla Records en 1987 (Txata) o Eskorbuto en 1988 (Buto-Eskor), haciéndolo en años posteriores Soziedad Alkoholika (Milagritos, 1995) y ya en 2007, Su Ta Gar (Jo ta Ke Ekoizpenak) o incluso Extremoduro, Muxik.

El primer concierto de dicha primera gira tuvo lugar el 7 de septiembre en Ezpeleta, ciudad de Iparralde o país vasco-francés sita a 82 kilómetros de Pamplona; y toda vez que Iruñea no salía en el listado de ciudades a visitar, allí que fuimos, sin mapa de carreteras, entradas ni franco alguno (moneda francesa de la época), disfrutando, eso sí, como niños pequeños del concierto: creada la banda como nunca habíamos visto hasta entonces (en mi opinión, como si de una suerte de ‘euskal selekzioa’ o selección musical vasca se tratara), Negu Gorriak sonaron en su presentación como un cañón, quedando sobradamente cumplidas las expectativas de cuantos peregrinamos allende la frontera para verles.

Profundizando hasta límites insospechados en las mixturas estilísticas mostradas en su primer álbum, Gure Jarrera vino a decirnos que dicha miscelánea, plasmada sin complejos ni prejuicios mediante un crossover brutal, había venido para quedarse, siendo la nueva consigna ‘sustraia, rock, rap, reggae’ (BSO): toda una defensa de las raíces de Negu Gorriak, reivindicándolas ellos en este álbum tal y como hicieran Sepultura con las suyas cinco años después en el descomunal Roots. Y, pese al empeño de gentes como el general Enrique Rodríguez Galindo, quien les tuvo en vilo con una demanda entre 1993 y 2001, así defendieron siempre sus raíces: con los músicos, partiendo de lo ya hecho, ahondando en ellas a la búsqueda de significativas y coloristas nuevas vueltas de tuerca, quedando plasmadas en canciones como Gora HerriaKolore BiziaChaquito (tema en el que se atrevieron incluso con la salsa: incluidas estas dos últimas en su impactante disco negro Borreroak baditu milaka aurpegi) o en Ideia Zabaldu al completo, su penúltimo trabajo, antes de despedirse en 1996 con Salam, agur. En este disco, a modo de agradecimiento, homenajearon hasta a quince artistas de cabecera suyos, foráneos mayoritariamente como Otis Redding, Minor Threat, Public Enemy o Dead Kennedys, aplicando de facto la banda al hecho musical un concepto del que en cuestión de pocos años comenzaríamos a oír hablar, la ‘globalización’: algo bueno tenía que tener…

Tres veces más vi a Negu Gorriak: en Saturrarán, Gipuzkoa, junto con Mano Negra (enero de 1992, no diremos que irrepetible el concierto porque a la vista de la expectación generada se programaron dos fechas, viernes y sábado); Pamplona, pabellón Anaitasuna,  mayo de ese mismo año (Tour 91+1), siendo la producción impactante a todos los niveles) y en 1994 en Burlata, compartiendo escenario y causa con Soziedad Alkohólika a una con la presentación del colectivo insumiso Nafarroa Intsumitua. De este concierto no disfruté como de los anteriores: dados  mis antecedentes al otro lado de la barra y como parte implicada en el nuevo colectivo, me tocó ejercer de camarero.

Finalmente 1996 vio el adiós de Negu Gorriak, yéndose como llegaron a nuestras vidas, por sorpresa; dejando un incontestable legado de discos, giras y coherencia artística e ideológica, quedando perfectamente rubricado esto último en febrero de 2001 con un regreso puntual: cosa de que de pronto hubiera algo que celebrar. Y es que, tras años y años en vilo, de repente llegó ella, la victoria sobre Galindo. La más esperada y deseada de las victorias, ‘Gurea da garaipena’, algo que el grupo festejó a lo grande, ‘Marcha triunfal’, lo hubiera denominado Rubén Darío: reuniendo en tres macro-conciertos a unas 30.000 personas, 30.000 afortunadas almas que, al igual que su inmensa legión de seguidores, nunca los olvidarán.

J. Óscar Beorlegui

Mi primera vez: así descubría Fito & Fitipaldis

1997, septiembre. De aquellas, yo seguía escribiendo en El Tubo, algo que hice hasta que desapareció la publicación. Un buen día fui a Bilbo para entrevistar a Platero y Tú por la publicación de 7, su séptimo trabajo; y  en uno de los lances del juego, tras comentar Iñaki Antón algunas jugadas también relacionadas con Extremoduro (pocas semanas antes había terminado en Donostia la gira de los de Roberto Iniesta y había comenzado la de Platero y Tú, compartiendo ambos grupos cartel y guitarrista), salió a relucir un nuevo nombre, Los Fitipaldis, siendo posiblemente en esa entrevista la primera vez que se publicó: “los cuatro hemos hecho algo a raíz del parón de Platero… Tenía unas canciones, vi que había tres meses pa´ vacilar y monté un rollo de amigos”, comentó el bueno de Fito sin ser consciente, o sí, de que estaba en puertas de un cambio. Sea por lo que fuere, en cuestión de poco tiempo Fito pasaría de cantar “Pero hoy no nos queda ilusión / y los sueños se pudren” (Si miro a las nubes, de 7) a entonar, acompañado por Roberto Iniesta a la voz, que estaba muy bien en su nube azul, Trozos de cristal. Fito & Fitipaldis. Pronto, muy pronto Gorka Limotxo se echaría a un lado y cedería su espacio a un soldadito marinero que le abriría todas las puertas a Fito. Que le llevaría al mejor de los puertos. 

La verdad es que en lo referente a mi ‘carrera’ de escribiente de rock & roll no me podía quejar, haciendo esos años entrevistas tan especiales para mí como la hecha en 1996 a Iñaki Antón como miembro de Extremoduro (marzo, tal vez la primera que hizo como integrante de dicha banda, sin que ni él ni yo supiéramos que era la primera), la realizada a él y a Robe en 1998 con motivo de la publicación de Canciones prohibidas o, ya en 1999, la que hice a las dos semanas o así de conocerles a otros grandes, los Marea.

Estuve en el concierto de Anoeta de Platero y Tú y Extremoduro, de estructura similar a la de los ofrecidos por las dos bandas juntas y revueltas en 1996. Sobre el escenario Iñaki era el hombre a una guitarra pegado, tal y como lo hubiera definido Francisco de Quevedo… El bolo, último de la gira de Extremo y primero de la de Platero (así concebidas las giras para que ‘Uoho’ pudiera grabar con unos mientras giraba con los otros), comenzó con una primera hora de Platero y Tú, sonando a continuación Jesucristo García y recogiendo el testigo así Extremoduro. A la hora, retornaron los primeros, haciendo lo propio a la media o así los segundos… Finalmente, la cosa acabó en orgía, con las dos bandas haciéndoselo al alimón como traca final hasta quedar rematado el polvo con Ama, ama, ama y ensancha el alma

Un año más tarde, el sueño ‘fitipaldi’ del soñador que siempre fue Fito comenzaría a materializarse con la publicación de un disco, A puerta cerrada, álbum concebido a corazón abierto que rebosaba intimidad, complicidad y desnudez por todos sus cortes, descolocando a propios y extraños tanto con la música como con las letras de las canciones: sin duda el contacto casi diario con la lucidez de Robe y el haber comenzado ya el trato con Manolillo Chinato estaban haciendo su trabajo. Con el paso del tiempo Fito acabaría siendo uno de los tres puntales sobre los que se erigiría el proyecto Extrechinato y Tú, que ya se estaba fraguando. ¿Cual fue el primer paso que le llevó a ello?

1996. Tras dar Platero y Tú y Extremoduro el último concierto de la que había sido la gira del año (sábado 10 de noviembre, Palacio de los Deportes de la Comunidad de Madrid), encontrándose Fito de madrugada en su habitación, entró Robe con una especie de contrato redactado en un folio, y le pidió que lo firmara. “Fito, echa aquí una firma”, y Fito, a cambio de que le dejara dormir, sin ver de qué se trataba lo firmó. Sin comerlo ni beberlo se había comprometido a participar en la grabación de un próximo disco basado en la poesía de Manolo Chinato. Qué suerte tuvimos.

A puerta cerrada sorprendió por su sencillez, destilando un rock & roll de trago fácil pese a la variedad de los ingredientes utilizados en el cóctel: blues, rockabilly, swing, charlestón… Sin dejar de lado guiños hasta al flamenco, quedando plasmado lo dicho en un surtido de canciones como Rojitas las orejas, Barra americana, ¡Qué divertido!Mirando al cielo, Ojos de serpiente… más que perfectas para volver a ser persona las mañanas de resaca o para resucitar las tardes de domingo. O como Quiero beber hasta perder el control, versión de Los Secretos hecha con Enrique Urquijo aún en vida que, personalmente, me llevaba a canciones de 7 como Al cantar o Qué larga es la noche: aunque aún disfrutaríamos de otro disco más de Platero y TúCorreos, a la vista del alma de las canciones de A puerta cerrada, claramente podríamos afirmar que esas dos canciones apuntadas, Al cantar o Qué larga es la noche, son de transición. 

Recuperando el espíritu de aquella gira de 1996, 1999 vio la salida de gira de los extremeños con Fito como encargado de abrir los conciertos, comenzando el tour en Pamplona el 20 de marzo (“deja que llegue / la primavera”…) y pasando por Donostia nuevamente en septiembre. Se cuenta, se dice, que en el habitual ambiente de compadreo reinante entre Robe y Fito, el primero le dijo al segundo que quería salir de gira, a ver si sabía de algún grupo que tuviera algún cantante peor que él. “No me jodas”, respondió el de Bilbo… Ya en los conciertos, tras la actuación de Fito & Fitipaldis, se producía el cambio de bandas sin que la música dejase de sonar. El cambio tenía lugar cuando terminaba Mientras tanto, versión de Leño que se incluiría años después en Los sueños locos. Nada más concluir la canción, bajo los primeros acordes de Salir (banderín de enganche de Extremoduro de aquel año), giraba 180 grados la tarima redonda sobre la que reposaban dos baterías,  plantándose como por arte de magia el baterista de Extremoduro ante los estupefactos ojos de los presentes e incorporándose acto seguido al escenario los músicos y Robe de cara al comienzo propiamente dicho de la canción. Así, con Platero y Tú en el dique seco nuevamente e Iñaki enfrascado al cien por cien en Extremoduro, todo quedaba en casa, yendo Fito también de gira y pudiendo disfrutar además de grandes minutos de oro, como los que vivía al salir al escenario para cantar en Golfa

2001, el año de la desaparición fáctica de Platero y Tú, trajo un segundo disco de Fito & Fitipaldis, con el que llevarían a cabo su primera gira de salas antes de que explotara todo: algo que ocurrió en 2004, cuando de manos de un tema titulado Soldadito marinero, segundo single de Lo más lejos, a tu lado, tras años de tocar y tocar, Fito tocó a mano abierta el cielo con las manos, catapultando la canción al grupo hasta unas dimensiones en las que ni él mismo, en el mejor de sus sueños locos, soñó. 

Fito & Fitipaldis presentaron Los Sueños locos el 12 de enero de 2002 en la recordada sala Artsaia de Pamplona, llenándola por completo. Con el enfervorizado público lo más lejos, a su lado, en su último concierto en Navarra fuera de grandes recintos: espacios en los que, al igual que en el resto del país, su presencia se convertiría en habitual.

Tal y como hiciera en sus primeros trabajos, en el tercer álbum de Fito también se incluiría una versión, siendo esta vez la elegida Quiero ser una  estrella, de Los Rebeldes. Esta forma de proceder, rendir homenaje y sincero tributo a músicos que en opinión de Fito así lo merecían, se mantendrá en todos los trabajos del pequeño gran bilbaíno, viéndose incluidas en ellos versiones de Deltoya, Extremoduro (Por la boca vive el pez); Todo a cien, La Cabra Mecánica (Antes de que cuente diez); Nos ocupamos del mar, Javier Krahe (Huyendo conmigo de mí) o la de Entre dos mares de su banda madre, Platero y Tú, incluida en Fitografías. Y todo ello, ya que estamos, sin dejarnos en el tintero las enormes revisiones hechas a temas de Barricada (Callejón sin salida, con Robe también tomando parte) o La Negra Flor, de Radio Futura… Y sin dejarnos en el olvido la del Y yo qué sé de Tequila, perpetrada con Platero y Tú y Extremoduro en 1997. Llegados a este punto me pregunto, ¿habrá habido dos bandas que hayan colaborado más entre sí? ¿Dos bandas hermanadas como estas? En caso de que sí, me las presenten. Hasta entonces, mientras tanto, seguiremos esperando, mirándole a la luna el ombligo por ejemplo… ¿Las habrá? Irrepetibles ambas. Seguro que no. 

Mi primera vez: así descubría a Koma

Estamos en Arazuri, pueblo cercano a Pamplona, finales de agosto de 1994; mi aún veinteañero yo, con 27 años, ejerce de camarero en el bar de las piscinas. De socorrista ‘etílico’ tal y como me gustaba definirme. Son  fiestas. La orquesta encargada de amenizar la velada va a venir a cenar. Tras la cena, tiempo de cafés y copas, charlo unos momentos con uno de los músicos, melenudo. Nos hemos debido detectar. Se trata del guitarrista, y se muestra ilusionado con su nuevo grupo de metal. No me dice nombre. Lo que sí comenta es que en las noches de verbena se viene arriba cuando tiene oportunidad de colar algún punteo. Parece que esas veces son las menos, le noto algo quemado…

1995, mayo, sábado 20. Desde otoño del mes anterior estoy trabajando en Burlada, soy uno de los responsables del Zumadi Taberna. Dicho mes se está celebrando en el pueblo la segunda edición de un ciclo de conciertos,  Maiatza Rock, que, organizado por la peña Euskalherria desde el año anterior, ha llegado hasta nuestros días. La cosa consistía en programar en la sede de la peña un concierto gratuito cada sábado del mes, estando previsto para esta semana un grupo llamado Koma. Un cliente, conocedor (y tal vez sufridor) de mis gustos musicales, me dijo que fuese a verlos, que me iban a gustar. Además ya se notaba cierto runrún en el pueblo acerca de las posibilidades de aquel grupo, y ya se sabe qué se dice del río, que cuando suena…

Así pues, fui a verles. Y vaya que si llevaba, y no solo agua, aquel río: de todo y en abundancia. Un estrepitoso y extremo caudal.  Y a quién vi sobre el escenario… A Natxo Zabala a las seis cuerdas, a quien había conocido meses atrás como guitarrista de aquella orquesta que había recalado en verano en Arazuri.

Qué kaña aquellos Koma, chispa y estado de inspiración en estado puro: incontestables los primeros rugidos de la fiera. Qué brutalidad musical en puertas de editar su devastadora primera maqueta, cinta que vería la luz a pocas semanas de aquel terremoto: porque eso representaron en nuestra primera vez Brigi, a las guitarras y a la voz; Rafa, al bajo a segundas voces; Natxo, a las guitarras y a los coros, y Juan Karlos a la batería, una sacudida en toda regla. Tal fue la sensación que me causaron que cerca del final del concierto, con la banda derrochando insultante poderío marcándose una bestial versión del Territory de Sepultura, hablé con alguien de otra peña de Burlada, la Aldabea (sita enfrente del Zumadi) sobre la posibilidad de ofrecerles tocar en fiestas de agosto en nuestra calle. Y así lo hicimos. El  sabor de boca que nos quedó fue tan bueno que en 1996 repetimos la jugada, llenándose en ambos casos la calle hasta los topes.

En los años testigo de estas primeras veces que estoy rememorando, era  moneda corriente entre las bandas primerizas sazonar con alguna que otra versión los repertorios, para que tiraran del carro propio: esto es, de los temas de cada cual, algo que hicieron con singular maestría Parabellum (Bronka en el bar, basado en el Banned from the pubs de Peter and the Test Tube babies); Su Ta Gar (Haika mutil, de Mikel Laboa); Vendetta (Egunero, de Hertzainak) o Soziedad Alkohólika, acertando todos los citados a la hora de llevarse a su terreno la esencia de los temas originales. Dándoles poderosamente un toque de gracia que hacía suyas canciones ajenas de modo incontestable, algo que los Koma bordaron con la canción de Sepultura (qué pena que no llegaran a grabarla y que muy pronto dejaran de tocarla) y, años después, con el Marea gora de Itoiz, canción del verano en Euskal Herria en 1997.

La maqueta que impulsó y propulsó a Koma vio la luz en junio de 1995. Un día, de buena mañana, pasó Natxo por el bar para dejar unas cuántas para ver si se vendían, siendo bares como el nuestro punto de venta habitual de publicaciones alternativas y artefactos sonoros de aquel tipo. Entrados en conversación, incluso estuvimos dándole vueltas a un tema siempre recurrente habiendo bandas nóveles de por medio, a ver cómo podrían distribuirla. A ver cómo podrían hacer llegar la maqueta fuera de Navarra. Yo le propuse lo siguiente, hacer un listado con los garitos que se anunciaban en el TMEO, contactar con los distribuidores de la revista y, a cambio de un porcentaje, que el grupo les dejara en depósito una cantidad de cintas para que ellos las repartieran aquí y allá. Pero no hizo falta poner en marcha la estrategia: las 1000 copias fabricadas volaron en cuestión de días, despertando la fiera definitivamente y comenzando a  descargar su furia por doquier.

Parte de culpa de lo dicho fue la inclusión en la cinta de canciones imprescindibles desde entonces como Tío Sam, con Brigi y Rafa al límite a las voces, bajista y autor este último de las agridulces y en ocasiones sardónicas letras del grupo. Al filo. Tan afilados ambos como afinados los instrumentos; Caer El Pobre, portadoras en su esencia de una frescura, una fuerza y una garra por demás. 

Abriendo las lindes de una nueva concepción del metal, dándole a la escena metálica la vuelta de tuerca que venía pidiendo a gritos, los Koma representaban un engranaje sonoro musicalmente perfecto. La tormenta perfecta, sonando cada componente exactamente como tenía que sonar. Además los músicos de Koma contaban con hojas de servicios previas a sus espaldas, no en vano habían militado durante años en diferentes formaciones de heavy metal antes de terminar dando con la tecla correcta: y ese era su aval de cara a sonar bien. Y así les fue a los Koma desde el primer día, viento en popa a toda vela. No eran unos recién llegados, y se notaba.

Fruto de mi pasión por la música y de mis ya por entonces irreprimibles ganas de escribir (nunca había escrito en público con regularidad), en otoño de 1994, echándole todo el morro del mundo (tal y como se hacían antes las cosas: háztelo tú mismo), comencé a colaborar en El Tubo, periódico musical publicado en Bilbao. Y para ser debutante no se me dio mal, entrevistando de inmediato a Pako Eskorbuto y a bandas como Flitter, la Polla Records o MCD antes de que, a una con el lanzamiento del primer disco de Koma, me tocaran en suerte: por cierto, la primera banda a la que entrevisté fue la Bunker Band, y en ella estaba Brigi a la batería, instrumento que había tocado hasta entonces y para el que lo recuperaría años después El Drogas, a una con la resurrección de Txarrena. La segunda banda en pasar por mi grabadora fueron Nahi Ta Nahiez, donde tocaba los teclados un jovencísimo Gorka Urbizu antes de convertirse en guitarrista y voz de Berri Txarrak, dando un salto desde la trasera a la ‘pole position’ del escenario igual que el protagonizado por un Brigi que, hasta la creación de Koma, nunca había cantado en público ni se había colgado una guitarra.

La personalidad de Brigi al frente de Koma imponía, era mastodóntica. Colosal. La personificación de todas fuerzas de la naturaleza, siendo un coloso en llamas en las pasionales distancias cortas del directo, las únicas verdaderas. Muchas veces fui testigo de ello en aquellos primeros años, llegando a viajar en la furgoneta ‘komatosa’ siempre que podía: aún recuerdo conciertos como los de Fontellas (1996, un tanto accidentado, cosa de la idiosincrasia de las gentes de la Ribera de Navarra), el de las txoznas de Sanfermines y el de la fiesta de El Tubo en la sala Artsaia (ambos ese mismo año) y otro en Elorrio un año más tarde, adonde tuvieron que desplazarse desde Valencia en avioneta porque que si no no llegaban. Yo y el manager viajamos en la furgo desde Pamplona, había que llevarla hasta el punto del concierto para que el grupo pudiera volver a casa.Tras años y años de contundentes grabaciones y siempre solventes conciertos (Koma siempre fueron los mejores en su género) el grupo  colgó los instrumentos en 2012 en apariencia para siempre… Pero no, la fiera no estaba durmiendo para siempre, despertando en 2018 y volviendo a rugir poniendo los puntos sobre las íes como solo ellos sabían hacer. Demostrando con su despertar seguir siendo Koma. Lo que siempre fueron a todos los niveles, un punto y aparte en directo. 

J. Óscar Beorlegui

Mi primera vez: así descubrí a Soziedad Alkohólika

Puede que sea un mal navarro, no lo sé. Quizá sea por algo de la infancia.  Lo que sí sé es que nunca me convencieron las fiestas de los pueblos de Navarra, Sanfermines incluidos. Nunca quise participar en procesiones ni romerías en honor de vírgenes, santos ni ‘patrones’, ni en encierros, novilladas, corridas de toros o suelta de vaquillas.  Ni siquiera me gustaba ir a verbenas. Me ponía malo solo con pensar que igual tenía que bailar alguna de las repetitivas piezas que tocaban las orquestas. Desde niño desarrollé cierta tendencia a la desobediencia, a llevar la contraria a todos (familia y profesores incluidos) y a buscar mi propia dirección: bastaba con que alguien sugiriera que no hiciese o que no fuese a algún lugar para que aquello se convirtiera en prioridad: tal vez por ello terminé yendo en 1985 a Magdalenas de Rentería/Orereta; en 1986 a la Aste Nagusia de Bilbo o en 1988, a fiestas de Barakaldo, donde descubrí a Parabellum compartiendo escenario con Eskorbuto y Peter and The Test Tube Babies un 15 de julio: nada que ver el ambiente de esas plazas con lo que había conocido hasta entonces, presidido siempre por cierto tufillo a religiosidad y caspa ‘de toda la vida’ y barnizado por un hipócrita desenfreno alcohólico al amparo de la ‘fiesta’. Tolerancia 10 que se diría ahora. Siendo esto así, por huir de mi particular agobio, al mes siguiente de mi escapada a Barakaldo, un buen día de agosto de 1988 fui a fiestas de la cercana Vitoria/Gasteiz. Y en buena hora tomé la decisión…

Una vez en la capital alavesa lo primero que hice fue buscar el recinto de las txoznas, de obligada visita y no solo por la imprescindible ingesta, sino por ver qué maquetas tenían a la venta; cintas que únicamente se podían adquirir en esos recintos, haciéndome aquel día con una que recogía un  directo de La Polla Records, Vómito, Kortatu y Kemando Ruedas que todavía conservo. Y lo segundo, buscar el Gaztetxe, un caserón ocupado aquel mismo año y en funcionamiento todavía. Ya dentro, viendo que iba a haber un concierto y que el Moscatel se vendía a 40 pesetas el vaso (sí, amigos, 0,21 euros), decidí apalancarme a echar la tarde y parte de la noche. Según me dijeron iba tocar un grupo que hacían algo así como una mezcla de punk y heavy acelerado con más voluntad que otra cosa, pues estaban empezando. Soziedad Alkoholika se llamaban, y como me gustó el nombre me quedé. 

Qué ruidera. Qué totum revolotum de vatios y nervio en estado puro. Qué voz la del tipo que cantaba. Pese a que no entendí nada, el climax que alcanzaban tocando me sacudió. No cabía duda de que aquellos jóvenes melenudos creían en lo que hacían y que lo transmitían, atacando en vez de acatando cualquier autoridad. Sin ser consciente de ello, estaba ante una de las bandas llamadas a explotar con la nueva década: Soziedad Alkoholika, los S.A.

Pronto volví a saber de ellos, pues ese mismo año pasaron por el Txoko Gorri de Antsoain a finales de septiembre, y al siguiente, 1989, por Villava/Atarrabia, donde compartieron cartel con La Polla Records, dejando boquiabierto al respetable con la voracidad más que velocidad con que despacharon las canciones: temas como Ya no queda nada, (incluida años después en Ratas), Mili mierdaProud to be a Canadian, de Dayglo Abortions (incluida en su LP de 2001 Polvo en los ojos como Escapada), Ya huelenNo te enteras, una surrealista versión de La BambaCervezas y porros… Esta última canción, únicamente incluida en el disco en directo de 1999, siempre me hizo gracia por parecerme la equivalente a una compuesta por Tijuana in Blue en 1986, titulada Clarete y Speed: ¿claramente definitorias de lo que se llevaba en cada capital? Aún recuerdo una contraportada de Diario de Navarra de dicho 1986 alertando a la población sobre la llegada del speed y su peligrosidad: a las pocas semanas, los Tijuana ya tenían su canción. 

Aquellos S.A. le pisaban a fondo, y aquello prometía; 1988, en el año en el que Ben Johnson deslumbró al mundo con su punta de velocidad, a mí me deslumbraron con la suya los Soziedad Alkoholika, rompiendo la velocidad de la luz al filo de lo imposible. Y muchos fuimos los deslumbrados pese a la omnipresente sensación de ruido que rodeaba sus conciertos. Pero era algo inevitable: entre la avaricia con la que tocaban y la mala acústica de los locales que les daban acogida, frontones mayoritariamente, los técnicos de sonido tampoco podían hacer más a la hora de sonorizarles: ¿qué hacer con aquel tsunami sonoro que, procedente del escenario, arrasaba con todo? ¡Si hasta el doble bombo del batería parecía multiplicarse por cuatro! 

1990 trajo a S.A. a Pamplona con motivo de la grabación de su maqueta Intoxicazión Etílika, algo que hicieron en los Estudios Arión aunando también en la cinta una fuerza y una velocidad inusuales hasta entonces: estudios estos, Arión, en los incluso se diseñó el célebre logotipo de la banda y a los que regresarían a finales de 1992 para registrar el EP Feliz Falsedad, grabando la intro de los teclados del célebre anti-villancico el técnico Jesús Los Arcos. En dicho trabajo se incluyó una versión de una canción de Queen muy pinchada en la época, A mí no me gusta el polvo, tema que se grabó dos días antes del fallecimiento de Freddie Mercury, por lo que se la dedicaron. 

Con semejantes cimientos de puro hormigón armado y unas credenciales sonoras como las incluidas en aquella maqueta (rubricadas a la altura en 1991 por las canciones del disco negro, su apabullante primer álbum oficial), la banda fue creciendo exponencialmente en popularidad, aunque de primeras su música no terminara de ser aceptada por ciertos sectores, como los más vinculados al más inmovilista heavy metal: y de eso Pamplona, ciudad de extremos siempre, sabía bastante. Recuerdo a mi yo veinteañero poniendo la maqueta en la Herriko de la calle del Carmen, donde se pinchaba mucho heavy y punk, y a una de las cocineras saliendo a la barra escandalizada, llamándome enfermo y pidiéndome a voz en grito que quitara aquello…

Temas como S.H.A.K.T.A.L.E., No eres másIntoxikazion etílikaNos vimos en BerlínLo tienes fácil (de sempiterna actualidad: bueno, como todas), Padre Black & DeckerKontra la agresión kastración o La última partida nos cortacircuitaban la cabeza directamente, con la guitarra de Jimmy replicando a inusitada velocidad a la gutural voz de Juan… al igual que los teclados de John Lord respondían a los punteos de guitarra de Ritchie Blackmour en el Highway star del Made in Japan de Deep Purple. Y todo ello sobre la irreductible base rítmica propulsada por la batería de Roberto: demasiao pa´l cuerpo, tal y como se decía en aquellos años. 

1993 y 1994 trajeron de nuevo a S.A. a la ciudad en sendas citas en apoyo a la Insumisión: la primera en Antsoain, con Flitter, y la segunda, en Burlata, con Negu Gorriak, continuando la banda hasta nuestros días su imparable trayectoria mucho ruido y muchísimas nueces de por medio, disco a disco concierto a concierto. A todo tren. Sí, pese a que algunos intentaran pararla y hacerla descarrilar por medio de una demoledora campaña de calumnias (‘bulos’ tal y como se les denomina ahora), criminalización y ‘zensura’ a una con la llegada del nuevo milenio: tal vez porque no les gustaran las letras de las canciones, ricas en aires de denuncia y compromiso social y siempre en una línea acorde con la música, igual de corrosivas, explícitas y directas. ¿Censura con ‘z’, he escrito? Sí, ‘zensura’, siendo como fue aquello un encubierto intento de aplicar el ochentero Plan Zen (Zona Especial  Norte) a la música del grupo. 

Pioneros y protagonistas de la mejor combinación de hardcore, punk y metal facturada en el Estado, 32 años (y una pandemia después) ahí siguen a día de hoy Soziedad Alkohólika, regalándonos buenos momentos.   Rompiendo la barrera del sonido, salteando partituras con total actitud y descaro, tal y como pude comprobar al 3 de enero de este maldito 2020 en la sala Totem de Atarrabia en mi último concierto pre-confinamiento como público, mostrando un momento de forma apabullante.  

Soziedad Alkohólika, todo un ejemplo de independencia, trabajo,  coherencia y de banda política en el sentido de crítica y contestataria, no de politizada o de partido. En dicho sentido poco amiga la banda del uso de iconos o reclamos ideológicos: sin ‘Ches’, estrellas rojas ni demás parafernalias, siendo siempre ellos, sus circunstancias en forma de canciones y su logotipo por bandera. Políticos sí, pero por sentido común y convicción, no por definición. Desde una postura claramente librepensadora, Sin Dios ni náEstado enfermoItoiz ito ezPalomas y buitresDios vs. Alá… Ojalá nos duren muchos años más.

j. Óscar Beorlegui

Mi primera vez: así descubrí a Cicatriz

La primera vez que leí el nombre Cicatriz fue hace treinta y seis años, en julio de 1984; en plena desescalada hacia los Sanfermines en un cartel que anunciaba un festival denominado  S.Ferminiko Infernorock. La cita era en el Jito Alai, detrás del frontón Labrit, estando previstas entre las 19:00 horas del viernes 13 y las 7:00 del sábado 14 las actuaciones de hasta ¡17! bandas, entre ellas las de unos primerizos Los Rebeldes, Ser-Vicio Público o RIP.

Aquellos Sanfermines fueron muy especiales para mí, pues debuté en el mundo de la hostelería. ¿Mi destino? El Adiskideak de la calle Calderería, y mi horario, de 7:00 am a 10 am, para cubrir las necesidades etílico-festivas y alimenticias del personal en sus últimas horas de jarana o en las primeras del nuevo día: las de una clientela que, con el encierro en lontananza, ya no se tenía en pie o se acababa de levantar. Con un horario semejante, ¿cuál era mi plan? Dormir durante el día y salir con la cuadrilla y trasnochar directamente hasta el momento de ir a trabajar, algo que, al igual que cualquier otra jornada, hice el sábado 14 de julio, yendo muy entrada la madrugada al Jito Alai para ver a los RIP: responsables directos de que me encaminara hasta allí, toda vez que ya los había visto dos meses antes con la Polla Records en la Plaza del Castillo. Y de aquellas descubrí a Cicatriz.

Poco recuerdo de su actuación, si acaso a Natxo Etxebarrieta, su cantante,  en estado de ebullición total y que las canciones arrancaban y se paraban en medio de un gran desparrame, siendo lo más impactante la transgresión que su sola presencia en el escenario suponía.

Procedentes de Vitoria/Gasteiz, ciudad prima-hermana de Pamplona en muchísimos aspectos (muy conservadoras y tradicionales ambas, con importante presencia de curas, monjas y militares), Natxo, Pepín, Pakito y Pedrito, los Cicatriz, eran depositarios del espíritu salvaje de los Freak y de la banda que originariamente salió de sus cenizas como parte de un programa de terapia, Cicatriz en la Matriz, de quienes heredaron modos, maneras, cantante masculino, baterista, guitarrista y canciones como Escupe (“escupe a la ‘estupa’ / que va en su Ritmo”, en alusión al modelo de vehículo de la brigada de estupefacientes de la época, el Seat Ritmo), Cuidado Burócratas o Aprieta el gatillo, firmadas por el que fuera el cantante de los Freak, el hoy reconocido escultor Juanjo Elguezabal: autor de la escultura de El Caminante de Gasteiz que, dicho sea de paso, escribió letras en todos los discos de Cicatriz. Los tres obuses citados, incluidos en 1985 en el célebre Disco de los Cuatro, también iban  firmados por Pedro Landatxe, baterista, talento musical en la sombra y alma mater de los Zika, como se les conocería popularmente. 

Siendo esto así, pronto, muy pronto se materializó la conexión entre Pamplona y Cicatriz, multiplicándose de forma exponencial sus seguidores navarros conforme se iban sucediendo sus visitas: Pabellón Anaitasuna y frontón Bidezarra de Noáin en 1985, barracas políticas en 1986 en un caótico y multitudinario concierto (con nuevo disco recién publicado, Inadaptados), bar La Granja en otoño de 1987 con un jovencísimo Goar Iñurrieta como guitarrista en lugar de Pepín…

Habituales del Ttutt y con muy buenos amigos en la ciudad, como El Drogas, aún recuerdo la intensidad con que vivimos en el bar durante meses las canciones de Cicatriz, mediante una práctica que llevábamos a cabo los viernes a partir de las ocho de la tarde; cuando intuíamos cargado el ambiente, esto es, casi todos los fines de semana (“son las ocho y qué follón / en la manifestación…”) íbamos al Ttutt y a una con las señales horarias del reloj de la catedral comenzábamos a beber vinos, calentándonos a la vez que se encendían las calles con canciones de Cicatriz como Botes de Humo o cualquiera de las de InadaptadosEra un hombre, de la Polla Records; La línea del frente, de Kortatu Mucha policía poca diversión de Eskorbuto: qué subidones de adrenalina al ver desde el bar cómo corrían las botas de los antidisturbios al otro lado de la puerta, escuchándose cada vez más cerca, cual truenos tras los relámpagos, los pelotazos. 

Recuerdo que una tarde-noche de aquellas de nubes y claros (y claretes, más bien), tal vez a modo de editorial o resumen de lo que se vivía,  a una con los últimos estertores de la bronca sonó el Hay algo aquí que va mal de Kortatu, tema que Natxo cantó siempre en directo, desde los primeros tiempos, mano a mano con Fermin.

Tras años vividos a toda máquina, multiplicados por unos cuántos cada uno, en 1988, con fecha ya para la grabación de un segundo disco, Zikatriz (según se leía en la entrada) actuaron el 25 de mayo en la Plaza de toros de Estella/Lizarra, siendo este concierto el penúltimo de Natxo antes de un accidente de moto que lo dejó unos años fuera de juego, postrado en silla de ruedas hasta que, fuerza de voluntad y algo más de por medio, ante la incredulidad incluso de la clase médica, se levantó, quedando obligado, eso sí, a valerse de una muletas para andar. Y no solo se levantó, sino que en un increíble salto mortal volvió a poner en pie a Cicatriz, regresando en loor de multitudes con nuevo disco, 4 años, 2 meses y 1 día, y un par de conciertos, tres años después del de Lizarra: uno, el 8 de junio, en Gasteiz, y el otro, el 15, en Pamplona, donde llenaron el pabellón Anaitasuna  dando el grupo, en opinión de Natxo,  el concierto de su vida. Subidón, tras abrir para ellos La Polla Records. Ah, el grupo de Evaristo, cuántos conciertos protagonizó en este, el pabellón del rock por excelencia, ya propios, ya abriendo para otros en su vuelta (como en este caso) o haciéndolo en su despedida, algo que harían a finales de 1992 a propósito de la de Hertzainak.

Aún volvería a ver a Cicatriz otra vez en dicho 1991, esta vez en Bergara, en un concierto compartido en uno de sus regresos a los escenarios con aquellos a quienes un buen día de 1984 fui a ver al Jito Alai, los RIP. Con un grupo, al igual que Cicatriz, condenado a pasar por los escenarios como el Guadiana, yendo y viniendo. Poniéndose y quitándose de vez en cuando y que, como las Nochebuenas del villancico, se iban y venían, hasta que se fueron y no volvieron más… 

Tras haber vivido como un ciclón, a toda velocidad, y haber visto caer a toda la formación original; arrastrando su cada vez más castigado cuerpo como una cadena de presidiario, Natxo aún reorganizó los Cicatriz en otoño de 1994 para tocar en un concierto homenaje a Pakito, en el que también tocarían  RIP, registrando estos allí su disco en directo: algo que harían Cicatriz ese año en otro concierto, la víspera de Nochevieja, en lo que había sido la mítica sala Ilargi de Lakuntza. Con motivo de su publicación, en abril de 1995 me planté en Gasteiz y le entrevisté para El Tubo, revista en la que comencé en 1994 como entusiasta escribiente de rock & roll y en la que publiqué hasta el 2000 una larga lista de entrevistas y colaboraciones. Natxo y yo nos conocíamos por amigos comunes y por diferentes incursiones suyas en la Herriko Taberna de Pamplona, donde trabajé hasta 1993: Sanfermines de 1992, nunca olvidaré el día en el que tras entrar al servicio con su inseparable muleta y permanecer allí un buen rato (yo ya me temía lo peor), salió sin ella, dejándosela olvidada. Dicha muleta permanecería colgada durante muchísimo tiempo en el techo del local: la misma que a una con sus subidones, acababa volando en todos los conciertos, súper salvajes siempre, siendo dichos vuelos auténticos termómetros de la pasión con la que el cantante los vivía. 

A una con la entrada de 1996, el 5 de enero Natxo falleció, yéndose con él para siempre los Cicatriz, banda que tan profunda e imperecedera marca  dejó en la escena y en las almas de tantos de nosotros, connotaciones del nombre aparte. Vayan estas líneas en su memoria y en la de Papín, Pakito, Pedrito, Portu, Mahoma y Jul, estos tres últimos, de RIP.

J. Óscar Beorlegui

Mi primera vez: así descubrí a Tijuana in Blue

En la década de los ochenta, más allá que por cuestiones de orden musical, uno asistía a conciertos, casi siempre callejeros, básicamente por dos razones, por la transgresión que aquello suponía en una ciudad tan mojigata como Pamplona/Iruñea y por provocar –en el sentido de molestar- con nuestra presencia a las gentes de orden. De ordeno y mando, quiero decir. “Aunque esté todo perdido / siempre queda molestar”, que habrían de cantar Kortatu en El estado de las cosas, su segundo álbum. Anticipándonos unos años a dicha letra, no éramos pocos quienes apuntándonos a cuantos bombardeos con forma de conciertos se nos presentaban, pintábamos calva la ocasión haciendo buena la canción.

Íbamos, en suma, por pasarlo bien. En 1985 cuando asistías a un concierto eras consciente de que podía pasar cualquier cosa, aparición estelar de  golpe y porrazo de la fuerza pública azul, verde o marrón e inmediato desconcierto y dispersión del público incluida. Sobra decir que en los casos en que esto no ocurría el fiestón que se fraguaba a ambas alturas del escenario era mayúsculo, creyéndonos reinar todos por encima del bien y del mal. Si hubo un grupo en la ciudad que personificó desparrame y espíritu díscolo y festivo como ningún otro esos fueron Tijuana in Blue, siendo la sorpresa del momento: una banda imposible (que tal vez por ello fue posible) cuyos integrantes, comandados por Jimmy y Eskroto, eran capaces de reírse hasta de un cuadro… Marco incluido, encontrando espacio en su repertorio todo tipo de histrionismos, chanzas y parodias. Habiendo ‘zascas’ (tal y como se dice ahora) en sus canciones para todo. Para todos. 

De manos de las inquietudes del grupo, qué duda cabe, se abrió un claro entre las nubes y se acabó la quietud, imponiéndose su luminosidad entre 1985 y 1988 al gris Pamplona, tonalidad predominante desde siempre en la ciudad: cosa también de las connotaciones del nombre de la banda, imponiéndose también dicha luz sobre el nihilista negro total proclamado por otros compañeros de viaje como los RIP.  

A Jimmy y Eskroto los conocía de verles en cuantos saraos se fraguaban en el Casco Viejo de Pamplona con el fin de ¿dinamizar el ambiente? De dinamitar la vieja normalidad heredada del post franquismo –más bien-,  dando ambos la sensación de ser el perejil de todas las salsas: mi sorpresa fue mayúscula cuando les vi aparecer en Lumbier al frente de Tijuana in Blue, en el concierto organizado en el marco de las fiestas patronales para presentar la cinta Iruña for Katakrak. ¿Qué hacía yo en Lumbier? Mi familia materna era de la villa, por lo que en los veranos tocaba ir al pueblo. Mis padres creían que donde mejor podía estar mi yo adolescente era en Lumbier, alejado de las amenazas y peligros (léase drogas básicamente) que, en su opinión, nos acechaban en la ciudad: según ellos, ¡¡si incluso las daban gratis y si te despistabas te las echaban hasta en el Cola Cao!! Ah, escuchar campanas sin saber dónde, qué malo ha sido siempre… Qué equivocados mis progenitores, cuando lo que pasaba era justamente lo contrario: que las denominadas ‘drogas’ costaban una pasta y, como más de un yonky ya había tenido ocasión de comprobar, quien recibía con frecuencia el Cola Cao era su dosis de caballo, cortada así por el vendedor para hacer más provechoso el negocio.

Para entonces, 1985, ya hacía dos años o tres que había descubierto en Lumbier el bar La Cueva, epicentro de la vida social de quienes más o menos pensaba que eran como yo: la de ‘duros’ que me dejé en su sinfonola escuchando Este Madrid, de LeñoFast as a shark, de AcceptHormigón, mujeres y alcoholCanciones desnudas Al límite, de Ramoncín o, desde el año anterior, Eh txo, de otro grupo local de los llamados a comérselo todo, Hertzainak: de hecho, entre 1984 y 1992 llegarían a llenar por lo menos en seis ocasiones el pabellón Anaitasuna.

Ya metidos en faena, el ambiente de las horas previas al concierto lució  marcado por la curiosidad –en un primer momento-… y por la desconfianza general de los sheriffs del lugar acto seguido, a la vista de las pintas de buena parte de quienes aquella tarde noche se acercaron a la plaza de los Fueros de Lumbier: un respetable más que presto y predispuesto a desfasar (en muchos casos) que, en su ‘puestón’, no dudó a la hora de cruzar incluso ciertas líneas rojas locales, invisibles a ojos de los foráneos pero pintadas y remarcadas con trazos gordos en el subconsciente colectivo de la localidad. 

Tijuana in Blue actuaron de madrugada, en último lugar, descargando en parte el ambiente con su filosofía etílico-hedonista y sus experimentales y despreocupadas canciones: con unas composiciones/parodias musicadas en muchos casos como La flauta de BartoloEl ReyTres tristes tigres o el himno de Katakrak, reescrito sobre el de una conocida Peña sanferminera. Además, también sonaron otras como Una de piratasRebelión medieval o Bebe y olvídalo, incluidas en 1986 en su disco debut compartido con Potato (siendo esta última su aportación a la cinta Iruña for Katakrak) o Ídolos, claro exponente de la filosofía del grupo en sus inicios. En una plaza sembrada de irónicas octavillas en las que se aludía a la africanía de Navarra y a la libertad de un tal Omar Omonte, el fin de fiesta post concierto se alargó durante casi una hora con una delirante improvisación en la que, bajo un ritmo tan básico como festivo, se reivindicó en euskera  dicha africanía de la práctica totalidad de los pueblos de la comunidad foral: “Iruña, Afrika da”; “Tutera, Afrika da”; “Ilunberri, Afrika da…”

Pronto, muy pronto volví a ver a Tijuana in Blue, haciéndome absolutamente incondicional: fue en octubre de dicho 1985, en fiestas de Arrosadia (La Milagrosa por entonces), siendo nuevamente de alto voltaje el desparrame, y, posteriormente en diciembre, en un local de mi barrio, Errotxapea, conocido como El Barracón. Esta cita, de marcada connotación transgresiva, fue organizada por Eguzki Irratia para la noche del 24 de diciembre, subiendo con ellos al escenario Fiebre y Refugiados. El escándalo en mi casa fue de aupa cuando, tras la ceremoniosa cena familiar, dije que iba a salir: hacerlo en Nochebuena aquellos años era impensable, una herejía, poco menos.

Viento en punk a toda vela,  tras actuar los años siguientes del uno al otro confín (quedando en nuestra memoria conciertos como el dado en el parque de la Media Luna de Pamplona, junio de 1987, con motivo de la presentación del TMEO), la vida no siguió del todo igual para Tijuana in Blue a partir de finales de 1997, siendo testigos sus siguientes discos (A bocajarroSopla, soplaSembrando el pánicoVerssioneando Te apellidas fiambre) de no desapercibidos volantazos musicales y reajustes estilísticos: de una progresiva desescalada del espíritu festivo del conjunto, acentuada definitivamente con la salida de Eskroto del grupo en 1990. Finalmente, en verano de 1992, la banda desapareció. 

Tras volatizarse sin apenas meter ruido –curiosamente-, el espíritu más genuino de Tijuana in Blue recuperaría el riego y la chispa ese mismo año, 1992. Y, de manos de un Eskroto reconvertido para la ocasión en Gavilán, lo hizo dando lugar a una contagiosa segunda oleada con forma de nueva banda, Kojón Prieto y los Huajolotes: formación imposible (nuevamente) en la que, además, terminaría brillando con luz propia un personaje del séquito de los Tijuana cuyas dotes musicales desconocíamos hasta entonces, Toñín, quien a una con el siglo XXI arrasaría bajo el alias artístico de Tonino Carotone. Fuera de toda duda, con los Huajolotes, llegó el ansiado rebrote, el del alocado espíritu de Tijuana in Blue, para muchos la banda más querida de nuestra capital.

J. Óscar Beorlegui

Mi primera vez: así descubrí a Barricada

Hablar de Barricada es hacerlo de adolescencia. De tiempos que arden y  hormonas social y musicalmente revueltas, tanto las mías como las del grupo ante su pistoletazo de salida hacia de los escenarios de la vida. Barricada llegaron a mí un 23 de abril de 1983, fecha para no olvidar. Dicho día tuvo lugar el segundo de los conciertos programados por Radio Paraíso contra su último cierre hasta entonces, y llevó al parque de Antoniutti de Pamplona a Barricada, Motos (banda en la que militaba Marino Goñi, de la discográfica Soñua) y Restos de Serie.

Recuerdo dicha fecha, además, porque tal día la representante de España en Eurovisión hizo buenísimo por primera vez el premonitorio verso de “nuevos cantantes hacen el ridículo en viejos festivales como Eurovisión”, incluido en Yo soy quien espía los juegos de los niños de Ilegales, quedando en la última posición. Vaya cómo me reí, habida cuenta de que dicho Festival se seguía anualmente en la casa familiar. Yo soy quien espía los juegos de los niños, por cierto, venía en el disco debut de los asturianos, publicado curiosamente aquel mismo 1983. 

No recuerdo mucho de las actuaciones del parque de Antoniutti. Me vienen a la cabeza flashes de un joven melenudo enfundado en su capa, acompañado sobre el escenario por otros tres de pintas similares, muy centrados los cuatro y motivados. Se trataba de Barricada, banda integrada por el incombustible Drogas, al bajo y a la voz; Boni y  Sergio Osés, a las guitarras y a las voces, y Mikel Astrain, a la batería. La noche de rock & roll deparó canciones como Niños de papáMuñecas imbéciles o Vagabundo, con las que el grupo me propinó un golpe de mano tan rotundo como el recibido la semana anterior, cuando descubrí a La Polla Records. Aquel día vi por primera vez a Barricada, pero no era su primera actuación.

Meses antes, con motivo de la Nochevieja de 1982, Radio Paraíso organizó con la revista Cuatrovientos una fiesta como nunca se había visto en Pamplona, denominada Nochevientos en el Paraíso. En el frontón Labrit, entre las 19:00 del 31 y las 7:00 am del 1 de enero se programaron actividades de lo más variadas,  que incluyeron un Festival infantil, la retransmisión de las campanadas, un cotillón con concurso de disfraces (tal vez arrancara así la tradición de disfrazarse en Pamplona en Nochevieja) y, de 4:00 am a 7:00, un festival de rock, con bandas como las FOP, La Polla Records (que por cuestión de descontrol de horarios no llegaron a tocar) y Barrikada, escrito su nombre así, con K. Finalmente, la hoja de ruta anunciaba para las 7:00 horas un viaje en autobús a San Cristóbal (actual monte Ezkaba) para ver amanecer, estando previsto después el regreso al frontón para degustar caldico y chocolate (del de tomar caliente se supone)… “Hasta que el cuerpo no aguante más”, según concluía el cartel. Los Barricada, trío hasta entonces, debutaron esa noche como cuarteto, con la incorporación del ex Kafarnaun Sergio Osés a las guitarras y a la voz. Los más viejos del lugar cuentan que actuaron sobre las 7:00 am ante cerca de 4.000 personas y que fueron los triunfadores de la noche. 

“¿Por qué esperar una señal?” Así comienza En la silla eléctrica, canción que abrió el primer disco de Barricada, y no, nadie sabe cual fue la señal que animó a Enrique Villarreal, el legendario Drogas, a liar la que lió. A materializar de una vez por todas su deseo de escribir canciones para escapar de su personal callejón sin salida tras regresar de su tormentosa mili en puertas de las Navidades de 1981, ingreso en el hospital incluido. Frío invierno siempre gris que te acaba doblegando…

Solo se sabe que la señal tal vez fuese dicha pregunta en sí misma, fraguándose en su cabeza en los días de ingreso con un único objetivo: combatir la criminal rutina a la que se veía nuevamente condenado. “Escribiré alguna canción / para olvidar que hoy es como ayer, oh, nooooo”, tal vez resonara en su cabeza. Sea como fuere, tras su paso por Kafarnaun antes de hacer el servicio militar, una vez de vuelta fue en el hospital donde decidió tentar a la suerte y formar un grupo que se llamaría Barricada

A los meses, al todavía no estrenado grupo (integrado únicamente por entonces por El Drogas y Boni) le surgió la posibilidad de actuar en el Rastro de la Txantrea, como teloneros de un grupo llamado Kaifás, el 18 de abril de 1982. El jefe de la empresa del sonido les dijo que les dejaría el equipo a cambio de que le limpiaran una bajera que tenía con toneladas de mierda. Y como alguien consiguió un camión de recoger chatarra, se pusieron a ello y consiguieron el equipo. Ya metidos en harina, tras un primer intento fallido, finalmente también consiguieron un batería para sacar adelante la actuación, recurriendo para ello a José Landa, a los parches en Kafarnaun. Fue este quien les presentó tras el concierto a Mikel Astrain, quien se ocupó de tambores y platillos hasta su inesperado fallecimiento el 2 de abril de 1984. La primera canción en sonar aquella mañana en el Rastro fue el Ave María (“Dios te salve, María, llena eres de graciaaa…”), una especie de introducción con ruido, con El Drogas sacando una calavera de debajo de la capa al tiempo que recitaba. Nadie lo sabía, pero la bomba estaba a punto de estallar.

Por aquellos años, 1982 – 1985, la calle era un hervidero donde se cocían todos tipo de utopías y proyectos. Las calles y bares como el Ttutt eran inmensos e intensos caladeros de ideas donde siempre pasaba o se tramaba algo, lo que llevó a la proliferación de todo tipo de comités y asociaciones ecologistas, antimilitaristas o pro-okupazion. Y, tal vez animados por el éxito de los conciertos callejeros hasta entonces organizados por Radio Paraíso, los incipientes nuevos colectivos pronto comenzaron a organizar conciertos reivindicativos de todo tipo, apuntándose en tropel las también incipientes bandas a subir a los escenarios. Así pues, además de en el pabellón Anaitasuna, que pisarían por primera vez en junio de 1983 junto con La Polla Records y Ángeles del Infierno y por segunda, junto a Derribos Arias y Kontuz Hi!, (presentando Noche de rock & roll y a un nuevo guitarrista, Alfredo Piedrafita, en sustitución de un Sergio Osés alejado del grupo por el servicio militar), Barricada también se dejaron ver tocando a pie de calles, siendo yo testigo de ello una mañana de diciembre de 1984 en la plaza del Ayuntamiento de Pamplona, donde se marcaron una impagable versión de Burning dedicada al por entonces alcalde, Julián Balduz (“Qué hace un alcalde como tú / en un sitio como ésteee”), o, en Marzo de 1985, también una mañana, en el quiosco de la plaza del Castillo, antes de que la concurrencia intentara okupar un local municipal en la cercana calle Zapatería: dicho día estrenaron Okupazion, tras abrir concierto, tal y como hacían aquellos años, con Aprieta el gatillo, de Cicatriz, y Pakean utzi arte, de Hertzainak.

Si algún colectivo triunfó en 1985 ese fue Katakrak, movimiento en favor de la okupazion surgido al calor de la radio libre Eguzki Irratia, depositaria a estas alturas del espíritu de Radio Paraíso. Para aglutinar el caudal musical de cuantas bandas locales apoyaban la okupazion de locales, Katakrak coordinó la grabación de una cinta en la que aparecieron Porkería T, Tijuana in Blue, Fiebre (herederos de los antiguos Motos), Belladona (con Aurora Beltrán en sus filas como guitarrista, incluyéndose su Una noche de amor), Malos Tratos, Ultimatum y, cómo no, Barricada, quienes aportaron una sorprendente versión del tango Solamente una vez. La cinta fue presentada en agosto con dos conciertos en Lumbier, Navarra, actuando Barricada en el segundo de ellos junto con Porkería T, Ultimátum y unos prácticamente debutantes Tijuana in Blue que, todo hay que decirlo, para darles de comer aparte, se lo comieron todo. Como curiosidad diremos que Barricada actuaron en primer lugar y que solo tocaron temas nuevos, los llamados a integrar meses después su disco No hay Tregua.

Dicho álbum se presentaría en abril de 1986 nuevamente en el pabellón Anaitasuna, recinto en el que en dicho 1985 actuaron en dos ocasiones: con Malos Tratos y Burning en febrero con motivo de la presentación de Barrio conflictivo y abriendo para Rosendo en junio, con la puesta de largo de su Loco por incordiar de por medio… Y lo que se pudiera contar desde este punto ya es de sobra conocido. Según la Biblia, un denominado “santo” cayó de un caballo, se golpeó la cabeza y  vio la luz. Yo, ahorrándome lo del caballo, podría decir que vi la luz un cada vez más lejano abril de 1983, con hallazgos como el de  Barricada. Eso sí que fue un descubrimiento, y no lo de Colón avistando las Américas. 

J. Óscar Beorlegui

Vuelo 505, próximo despegue en Stereo R’n’R Bar: ‘6 noches en Stereo’

Vuelo 505, en colaboración con la sala STEREO R’N’R de Logroño, organizan entre los días 9 y 14 de junio la primera serie de conciertos en directo programada en España, tras este periodo de obligado paréntesis.

Estas seis fechas se presentan con el objetivo de reivindicar la vuelta a los escenarios de la música en directo, sin dejar de lado a los diferentes colectivos de trabajadores que dependen directamente de la organización de los conciertos: personal de las salas, técnicos, promotores…

Por este motivo Vuelo 505 han buscado la coincidencia de dichas fechas con las fiestas de la Comunidad de La Rioja y con la previsible entrada en la Fase 3 de la desescalada, algo que permitirá realizar las actuaciones, además de con las máximas medidas de seguridad, con todas las condiciones para que los asistentes puedan disfrutar nuevamente de unos verdaderos conciertos de rock and roll: con el contacto directo entre artistas y público que tanto echamos de menos.

Los conciertos de los días 9 y 10 de junio serán exclusivos para el colectivo de sanitarios, quienes podrán acudir de manera gratuita con un acompañante. En opinión del grupo esta es la mejor manera de darles las gracias por haber combatido en primera fila esta pandemia. 

A partir del día 11 jueves y hasta el domingo 14 todos los que se quedaron sin poder disfrutar de los últimos conciertos programados y que aún conserven su entrada podrán disfrutar de los mismos haciendo una reserva previa. Los que no tengan entrada, la compraron por internet o la hayan devuelto también podrán adquirir las nuevas entradas en los canales habituales.

La recaudación de todos estos conciertos irá destinada al Banco de Alimentos de la Rioja una verdadera “red” social que sostiene a miles de familias, haciendo una labor que nunca podremos valorar lo suficiente. Además se ha habilitado una ‘Fila 0’ para los que no puedan asistir pero quieran colaborar. ¡Bienvenida la música en directo otra vez! ¡Os dejamos el link con el video del último concierto de Vuelo 505 para que vayáis calentando motores!

Mi primera vez: así descubrí a Leño

Leño fueron el primer grupo por el que pagué dinero por un disco (Leño en directo, 600 ‘calas’ de la época) y una entrada (400 pesetas), siendo la banda sonora de la transición entre mi infancia y mi alegre juventud. Impactando con la fuerza de un obús en la línea de flotación de dicho tiempo de cambio. De unos años en los que, tras la oscuridad de los años de mi niñez, el futuro se podía tocar, dando la sensación de que podía salir el sol: materializados esos pensamientos en que ya salía sin mis padres (aunque con horario de vuelta de obligatorio cumplimiento) o en que ya había comenzado a entrar en las salas de recreativos para jugar en los pinballs y escuchar en sus sinfonolas unas canciones, a duro el tema, que nada tenían que ver con las que había escuchado hasta entonces. En mi caso y en mi casa, villancicos de temporada en Navidades, jotas navarras a cualquier hora en la radio y las atemporales coplas de los Payasos de la tele. 

Así de deprimente fue el panorama más o menos hasta 1981, año en el que con 14 años descubrí  a los Leño escuchando Radio Paraíso, señera emisora pirata de la ciudad. 

Tras mucho batallar en casa, al poco tiempo de aquello logré algo de capital importancia, que compraran un radio cassette para poder grabar canciones de las que pinchaban en la Paraíso y poder escucharlas una y mil veces. ¿Cómo lo conseguí? Llevando a la unidad familiar a mirar escaparates de comercios donde los vendían durante los tediosos paseos dominicales, actividad que básicamente consistía en andar por las  calles a la búsqueda y captura de escaparates. Así fue como dimos con el de una tienda en el que había expuestos radio cassettes y ¡oh, bendición; qué propicia alineación de los astros!, cintas de jotas navarras. No me acuerdo muy bien, pero el caso es que le hice ver a mi padre que comprando aquel aparato y algunas de aquellas cintas podría escuchar sus jotas cuando quisiera, sin depender de que las pusieran o no en la radio. No dijo nada, lo cual ya era buena señal, pero mordió al anzuelo el cabeza de familia. Un buen día fue a la tienda y lo compró. 

Para cuando llegué a los Leño mis oídos ya habían sido desvirgados en materia de rock por bandas como AC/DC, Motörhead, Deep Purple o Barón Rojo, cuyo primer disco, Larga vida al rock and roll, ya había hecho un buenísimo trabajo previo. Por aquel entonces  cursaba 8º de EGB, y en clase había alumnos que, por sacarse unas perrillas para sus cosas, ofrecían la posibilidad de grabar discos, a 100 o 150 pesetas la unidad, en caso de que tuvieran que poner ellos la cinta. A mí, cosa de la incipiente rebeldía que ya venía pidiendo paso, toda vez que mi rollo ya debía ser el rock (pese a que aún no lo supiese), aquello me pareció una muy buena idea.  

Mi padre llegó un buen día a casa con el radio cassette y unas cintas de jotas que nunca llegó a poner. Sea por lo que fuere, se olvidó inmediatamente de ellas. Siguió prefiriendo poner la radio, escuchándose jotas solo cuando sonaban en el dial. Siendo yo consciente de ello, habiendo descubierto en clase (hay que ver todo lo que aprendí aquel año), que si ponías cello en la hendiduras de los cassettes originales era posible regrabarlos, se me encendió pronto la bombilla. Estaba claro el siguiente paso a dar. Cada grabación de aquellas me saldría a 100 pesetas.

Uno de los de mi embrionaria cuadrilla adolescente tenía un hermano mayor que, cuando íbamos a buscarle para salir, casi siempre estaba encerrado en su habitación escuchando música: The Rolling Stones, UFO, Ted Nugent y también a Leño, cuyo cantante, un tipo de provocativo y deslenguado verbo, daba al cantar la sensación de que te estuviera gritando a la oreja, como bien ya sabía. Una banda que desde que la escuché por vez primera en aquella emisora pirata (Cucarachas, El tren, Maneras de vivir…) hizo que algo se desatara en mi interior, marcando un antes y un después. Aquel disco de Leño, en directo, sonaba también en la pista de autos de choque de Yanguas y Miranda, lugar al que el hermano de nuestro amigo nos llevó una tarde y en cuyo ambiente nos integró. Aquel LP eran palabras mayores para mí, por lo que se me metió entre las cejas que debía comprarlo. Que aquel no me lo grabarían. Que quería tenerlo original. Así pues, tras ahorrar como pude la paga de un mes, me encaminé un día a una tienda de discos en cuyo escaparate siempre me detenía a mirarlo y lo compré. Nunca se me olvidará la sensación que sentí al llegar a casa, meter la cinta en el radio cassette, darle al Play y esperar a que comenzara a sonar Sí señor.

La pista de autos de choque pasó a ser el eje de nuestras recién estrenadas vidas. Había música, chicas y podíamos permanecer horas apalancados sin gastar. Al ritmo de AC/DC, Los Chichos, Los Chunguitos o los Leño, allí se daba cita lo mejor de cada casa, además de algunos despistados jovencitos y jovencitas a los que los primeros se las ingeniaban para sacarles fichas… Y lo que surgiera, llevándose a cabo en los cercanos fosos de Ciudadela ciertos ritos de iniciación: primeros tortazos dados por unos y recibidos por otros (propinados por malotes de la pista a asustadizos usuarios a modo de prueba a superar para poder entrar en una u otra banda), primeros porros, primeros picos de caballo, primeros besos (o lo que se terciara) los más afortunados con La noche de que te hablé, a lo lejos, sonando de fondo…

Aunque nadie parecía saber mucho de ella, la heroína, mientras tanto, ya corría a sus anchas por Pamplona, siendo el Casco Viejo el cauce principal (aunque no único) que acogía su caudal. Por entonces, lo único que había en la calle era chocolate y caballo. En ocasiones, si teníamos pelas, primero íbamos a lo viejo y tras hacernos con unos litros pillábamos medio talego de costo, mirando con cara de envidia a aquellos que, como el hermano de nuestro amigo y otros como él, iban a Capitanía a chutarse. Parecía que la heroína era lo más. En mi despiste adolescente incluso llegué a llevar un pin en el que se veía un caballo blanco alado saliendo volando de una jeringuilla. Pese a que el ambiente era el que era, pronto acerté a alejarme de aquellas amistades y la tontería no fue a más, siendo los Leño lo más positivo que saqué de aquellos años.

Muy queridos en Pamplona y en Navarra en general, Leño visitaron la comunidad foral un buen número de ocasiones, teniendo yo la inmensa suerte de asistir a dos citas memorables: las brindadas en un pabellón Anaitasuna a rebosar, octubre de 1982, y en la plaza de Toros, en agosto de 1983, junto con Miguel Ríos y una casi debutante Luz Casal en la gira denominada El rock de una noche de verano. Y qué queréis que os diga, que pese a ser los segundos del cartel, ellos se lo comieron todo. Ellos nos dieron gusto del bueno. 

Tras depararnos Leño la de cal con semejante concierto, a los pocos meses recibiríamos la de arena, con la noticia de su separación. Nadie se lo podía creer. Todavía recuerdo a El Drogas de Barricada no sé si entrevistando o intentando entrevistar  a Rosendo en Radio Paraíso… En fin, se acabó… Leño llegaron, vencieron y convencieron, y, por la puerta grande, lo hicieron dejando más que plantada para siempre una semilla que, tras haberse materializado ya para entonces en Barricada, unos cuantos años después volvería a germinar, y cómo, plasmada en los Marea. Pero esto ya será otro contar. 

J. Óscar Beorlegui