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Mi primera vez: así descubrí a Negu Gorriak

Antes de que comenzara a escribir en El Tubo, cuyo nº 1 vio la luz en junio de 1989,  ya era lector de la revista. Devorador compulsivo más bien, lo mismo que de Bat, Bi Hiru, suplemento musical de Egin capitaneado por el para mí imprescindible Pablo Cabeza. Leyendo en ambos medios entrelíneas determinados artículos fui teniendo la sensación de que tras la separación de Kortatu, en las siempre bullentes cabezas de Fermin e Iñigo Muguruza se estaba tramando algo: desde el verano de 1989 (concretamente), quedando confirmados mis mejores presagios con la publicación por sorpresa en junio de 1990 del primer disco de su nuevo grupo, cuyo nombre, en lo que fue un gran golpe de mano, no había trascendido al gran público: Negu Gorriak. La formación, trío en sus inicios, estaba integrada por Fermin, a la voz, Iñigo, a las guitarras y Kaki Arkarazo, a la producción y también a las guitarras.

Rupturistas donde los haya en fondo y formas, Negu Gorriak no representaban una evolución sin más respecto a Kortatu, sino toda una revolución de desconocidas dimensiones a la vista del potencial de su disco debut. Negu Gorriak representaban una especie de factoría sonora y de ideas frente al concepto de banda convencional, y su irrupción fue volcánica, pillando la erupción con el paso cambiado a casi todos. Y es que ninguna otra banda del entorno había procedido así hasta entonces,  publicando su primer disco sin haberse dado previamente a conocer y, claro está, sin haber actuado en directo. Y sin vocación de hacerlo de primeras, de salir a la carretera como salían y siguen saliendo las bandas: tal y como los mismos Fermin e Iñigo lo habían sufrido en Kortatu, antes de terminar agotados y engullidos por el bucle disco – gira – disco. De hecho, con su primer álbum en la calle, solo harían una actuación, diciembre de 1990 ante la prisión de Herrera de la Mancha. Tal vez lo que estaban diciendo con ello es que, a la hora de tocar, iban a marcar y controlar ellos los tiempos. 

Con planteamientos como esos su sorprendente primer disco marcó de sopetón el arranque de la década de los noventa, dejando entrever con 14 certeros hachazos las bases, los pilares sobre los que se asentaría la espectacular trayectoria del grupo: desde la creación en 1991 de Esan Ozenki como discográfica llamada a editar sus álbumes (hasta cuatro veces se repite dicho nombre en la primera canción del disco, así titulada, toda una declaración de intenciones) hasta la de Bertso Hop, tienda concebida como eje de la distribución de los mismos y título de otro de los hits, brillando además con singularísima luz propia temas como Irakats ziguten hostoria, Amodiozko kanta Radio Rahin: rotunda carta de presentación que venía con un videoclip firmado por un video-realizador cada vez más reconocido, Manolo Gil. Para estas alturas la popularidad del otrora propietario del Ttutt ya había tocado techo, tras haberse encargado en 1989 de la grabación del laureadísimo video doble directo de Barricada

Quedaba claro que en la nueva normalidad musical puesta en marcha por  los Muguruza nada quedaba al azar, habiendo sido todo minuciosamente pensado: incluso el nombre del grupo, cogido prestado de la letra de una canción de Mikel Laboa, Gaberako aterbea. Dicha canción fue versionada por Negu Gorriak a finales de 1990 en un disco homenaje al citado, Txerokee, Mikel laboaren kantak. Los por entonces prometedores Su Ta Gar también incluirían en dicho álbum una versión-homenaje a Laboa, Haika mutil, cosechando con ella su primer gran éxito de masas.

Estaba claro, cada paso a dar estaba repensado y repasado al milímetro, previo paso y análisis en la cabeza fría y el corazón caliente de Fermin: estratega y agitador más que músico solamente que, tras traficar en los ochenta con el punk y el ska-hardcore poniendo a los vascos con sus ritmos en pie de baile, ahora se disponía a hacernos rapear, cambio previo de las txapelas por las características gorras del hiphop. Y lo consiguió. 

1991 trajo un segundo disco del grupo, Gura Jarrera; la programación de una primera gira, Power to the people tour 1991, internacional nada más y nada menos; el cambio de formato, pasando la banda de ser trío a quinteto (con la incorporación de Mikel Kazalis, de Anestesia, como bajista, y de Mikel Ábrego, de BAP!!, como batería) y la fundación de la discográfica Esan Ozenki como plasmación de la querencia de Fermin por la autogestión y lo que actualmente se denomina 360: tratar de abarcar y de centralizar todos los aspectos relacionados con la carrera de un grupo, siendo en esta materia todo un pionero. 

Dicho año 1991 sorprendió además a propios y extraños por la creación de discográficas por parte de muchas bandas, apareciendo sellos como Cika Records o Aketo, auspiciados por Cicatriz y Hertzainak respectivamente. Pero no era algo nuevo, previamente ya lo habían intentado La Polla Records en 1987 (Txata) o Eskorbuto en 1988 (Buto-Eskor), haciéndolo en años posteriores Soziedad Alkoholika (Milagritos, 1995) y ya en 2007, Su Ta Gar (Jo ta Ke Ekoizpenak) o incluso Extremoduro, Muxik.

El primer concierto de dicha primera gira tuvo lugar el 7 de septiembre en Ezpeleta, ciudad de Iparralde o país vasco-francés sita a 82 kilómetros de Pamplona; y toda vez que Iruñea no salía en el listado de ciudades a visitar, allí que fuimos, sin mapa de carreteras, entradas ni franco alguno (moneda francesa de la época), disfrutando, eso sí, como niños pequeños del concierto: creada la banda como nunca habíamos visto hasta entonces (en mi opinión, como si de una suerte de ‘euskal selekzioa’ o selección musical vasca se tratara), Negu Gorriak sonaron en su presentación como un cañón, quedando sobradamente cumplidas las expectativas de cuantos peregrinamos allende la frontera para verles.

Profundizando hasta límites insospechados en las mixturas estilísticas mostradas en su primer álbum, Gure Jarrera vino a decirnos que dicha miscelánea, plasmada sin complejos ni prejuicios mediante un crossover brutal, había venido para quedarse, siendo la nueva consigna ‘sustraia, rock, rap, reggae’ (BSO): toda una defensa de las raíces de Negu Gorriak, reivindicándolas ellos en este álbum tal y como hicieran Sepultura con las suyas cinco años después en el descomunal Roots. Y, pese al empeño de gentes como el general Enrique Rodríguez Galindo, quien les tuvo en vilo con una demanda entre 1993 y 2001, así defendieron siempre sus raíces: con los músicos, partiendo de lo ya hecho, ahondando en ellas a la búsqueda de significativas y coloristas nuevas vueltas de tuerca, quedando plasmadas en canciones como Gora HerriaKolore BiziaChaquito (tema en el que se atrevieron incluso con la salsa: incluidas estas dos últimas en su impactante disco negro Borreroak baditu milaka aurpegi) o en Ideia Zabaldu al completo, su penúltimo trabajo, antes de despedirse en 1996 con Salam, agur. En este disco, a modo de agradecimiento, homenajearon hasta a quince artistas de cabecera suyos, foráneos mayoritariamente como Otis Redding, Minor Threat, Public Enemy o Dead Kennedys, aplicando de facto la banda al hecho musical un concepto del que en cuestión de pocos años comenzaríamos a oír hablar, la ‘globalización’: algo bueno tenía que tener…

Tres veces más vi a Negu Gorriak: en Saturrarán, Gipuzkoa, junto con Mano Negra (enero de 1992, no diremos que irrepetible el concierto porque a la vista de la expectación generada se programaron dos fechas, viernes y sábado); Pamplona, pabellón Anaitasuna,  mayo de ese mismo año (Tour 91+1), siendo la producción impactante a todos los niveles) y en 1994 en Burlata, compartiendo escenario y causa con Soziedad Alkohólika a una con la presentación del colectivo insumiso Nafarroa Intsumitua. De este concierto no disfruté como de los anteriores: dados  mis antecedentes al otro lado de la barra y como parte implicada en el nuevo colectivo, me tocó ejercer de camarero.

Finalmente 1996 vio el adiós de Negu Gorriak, yéndose como llegaron a nuestras vidas, por sorpresa; dejando un incontestable legado de discos, giras y coherencia artística e ideológica, quedando perfectamente rubricado esto último en febrero de 2001 con un regreso puntual: cosa de que de pronto hubiera algo que celebrar. Y es que, tras años y años en vilo, de repente llegó ella, la victoria sobre Galindo. La más esperada y deseada de las victorias, ‘Gurea da garaipena’, algo que el grupo festejó a lo grande, ‘Marcha triunfal’, lo hubiera denominado Rubén Darío: reuniendo en tres macro-conciertos a unas 30.000 personas, 30.000 afortunadas almas que, al igual que su inmensa legión de seguidores, nunca los olvidarán.

J. Óscar Beorlegui

Mi primera vez: así descubrí a Soziedad Alkohólika

Puede que sea un mal navarro, no lo sé. Quizá sea por algo de la infancia.  Lo que sí sé es que nunca me convencieron las fiestas de los pueblos de Navarra, Sanfermines incluidos. Nunca quise participar en procesiones ni romerías en honor de vírgenes, santos ni ‘patrones’, ni en encierros, novilladas, corridas de toros o suelta de vaquillas.  Ni siquiera me gustaba ir a verbenas. Me ponía malo solo con pensar que igual tenía que bailar alguna de las repetitivas piezas que tocaban las orquestas. Desde niño desarrollé cierta tendencia a la desobediencia, a llevar la contraria a todos (familia y profesores incluidos) y a buscar mi propia dirección: bastaba con que alguien sugiriera que no hiciese o que no fuese a algún lugar para que aquello se convirtiera en prioridad: tal vez por ello terminé yendo en 1985 a Magdalenas de Rentería/Orereta; en 1986 a la Aste Nagusia de Bilbo o en 1988, a fiestas de Barakaldo, donde descubrí a Parabellum compartiendo escenario con Eskorbuto y Peter and The Test Tube Babies un 15 de julio: nada que ver el ambiente de esas plazas con lo que había conocido hasta entonces, presidido siempre por cierto tufillo a religiosidad y caspa ‘de toda la vida’ y barnizado por un hipócrita desenfreno alcohólico al amparo de la ‘fiesta’. Tolerancia 10 que se diría ahora. Siendo esto así, por huir de mi particular agobio, al mes siguiente de mi escapada a Barakaldo, un buen día de agosto de 1988 fui a fiestas de la cercana Vitoria/Gasteiz. Y en buena hora tomé la decisión…

Una vez en la capital alavesa lo primero que hice fue buscar el recinto de las txoznas, de obligada visita y no solo por la imprescindible ingesta, sino por ver qué maquetas tenían a la venta; cintas que únicamente se podían adquirir en esos recintos, haciéndome aquel día con una que recogía un  directo de La Polla Records, Vómito, Kortatu y Kemando Ruedas que todavía conservo. Y lo segundo, buscar el Gaztetxe, un caserón ocupado aquel mismo año y en funcionamiento todavía. Ya dentro, viendo que iba a haber un concierto y que el Moscatel se vendía a 40 pesetas el vaso (sí, amigos, 0,21 euros), decidí apalancarme a echar la tarde y parte de la noche. Según me dijeron iba tocar un grupo que hacían algo así como una mezcla de punk y heavy acelerado con más voluntad que otra cosa, pues estaban empezando. Soziedad Alkoholika se llamaban, y como me gustó el nombre me quedé. 

Qué ruidera. Qué totum revolotum de vatios y nervio en estado puro. Qué voz la del tipo que cantaba. Pese a que no entendí nada, el climax que alcanzaban tocando me sacudió. No cabía duda de que aquellos jóvenes melenudos creían en lo que hacían y que lo transmitían, atacando en vez de acatando cualquier autoridad. Sin ser consciente de ello, estaba ante una de las bandas llamadas a explotar con la nueva década: Soziedad Alkoholika, los S.A.

Pronto volví a saber de ellos, pues ese mismo año pasaron por el Txoko Gorri de Antsoain a finales de septiembre, y al siguiente, 1989, por Villava/Atarrabia, donde compartieron cartel con La Polla Records, dejando boquiabierto al respetable con la voracidad más que velocidad con que despacharon las canciones: temas como Ya no queda nada, (incluida años después en Ratas), Mili mierdaProud to be a Canadian, de Dayglo Abortions (incluida en su LP de 2001 Polvo en los ojos como Escapada), Ya huelenNo te enteras, una surrealista versión de La BambaCervezas y porros… Esta última canción, únicamente incluida en el disco en directo de 1999, siempre me hizo gracia por parecerme la equivalente a una compuesta por Tijuana in Blue en 1986, titulada Clarete y Speed: ¿claramente definitorias de lo que se llevaba en cada capital? Aún recuerdo una contraportada de Diario de Navarra de dicho 1986 alertando a la población sobre la llegada del speed y su peligrosidad: a las pocas semanas, los Tijuana ya tenían su canción. 

Aquellos S.A. le pisaban a fondo, y aquello prometía; 1988, en el año en el que Ben Johnson deslumbró al mundo con su punta de velocidad, a mí me deslumbraron con la suya los Soziedad Alkoholika, rompiendo la velocidad de la luz al filo de lo imposible. Y muchos fuimos los deslumbrados pese a la omnipresente sensación de ruido que rodeaba sus conciertos. Pero era algo inevitable: entre la avaricia con la que tocaban y la mala acústica de los locales que les daban acogida, frontones mayoritariamente, los técnicos de sonido tampoco podían hacer más a la hora de sonorizarles: ¿qué hacer con aquel tsunami sonoro que, procedente del escenario, arrasaba con todo? ¡Si hasta el doble bombo del batería parecía multiplicarse por cuatro! 

1990 trajo a S.A. a Pamplona con motivo de la grabación de su maqueta Intoxicazión Etílika, algo que hicieron en los Estudios Arión aunando también en la cinta una fuerza y una velocidad inusuales hasta entonces: estudios estos, Arión, en los incluso se diseñó el célebre logotipo de la banda y a los que regresarían a finales de 1992 para registrar el EP Feliz Falsedad, grabando la intro de los teclados del célebre anti-villancico el técnico Jesús Los Arcos. En dicho trabajo se incluyó una versión de una canción de Queen muy pinchada en la época, A mí no me gusta el polvo, tema que se grabó dos días antes del fallecimiento de Freddie Mercury, por lo que se la dedicaron. 

Con semejantes cimientos de puro hormigón armado y unas credenciales sonoras como las incluidas en aquella maqueta (rubricadas a la altura en 1991 por las canciones del disco negro, su apabullante primer álbum oficial), la banda fue creciendo exponencialmente en popularidad, aunque de primeras su música no terminara de ser aceptada por ciertos sectores, como los más vinculados al más inmovilista heavy metal: y de eso Pamplona, ciudad de extremos siempre, sabía bastante. Recuerdo a mi yo veinteañero poniendo la maqueta en la Herriko de la calle del Carmen, donde se pinchaba mucho heavy y punk, y a una de las cocineras saliendo a la barra escandalizada, llamándome enfermo y pidiéndome a voz en grito que quitara aquello…

Temas como S.H.A.K.T.A.L.E., No eres másIntoxikazion etílikaNos vimos en BerlínLo tienes fácil (de sempiterna actualidad: bueno, como todas), Padre Black & DeckerKontra la agresión kastración o La última partida nos cortacircuitaban la cabeza directamente, con la guitarra de Jimmy replicando a inusitada velocidad a la gutural voz de Juan… al igual que los teclados de John Lord respondían a los punteos de guitarra de Ritchie Blackmour en el Highway star del Made in Japan de Deep Purple. Y todo ello sobre la irreductible base rítmica propulsada por la batería de Roberto: demasiao pa´l cuerpo, tal y como se decía en aquellos años. 

1993 y 1994 trajeron de nuevo a S.A. a la ciudad en sendas citas en apoyo a la Insumisión: la primera en Antsoain, con Flitter, y la segunda, en Burlata, con Negu Gorriak, continuando la banda hasta nuestros días su imparable trayectoria mucho ruido y muchísimas nueces de por medio, disco a disco concierto a concierto. A todo tren. Sí, pese a que algunos intentaran pararla y hacerla descarrilar por medio de una demoledora campaña de calumnias (‘bulos’ tal y como se les denomina ahora), criminalización y ‘zensura’ a una con la llegada del nuevo milenio: tal vez porque no les gustaran las letras de las canciones, ricas en aires de denuncia y compromiso social y siempre en una línea acorde con la música, igual de corrosivas, explícitas y directas. ¿Censura con ‘z’, he escrito? Sí, ‘zensura’, siendo como fue aquello un encubierto intento de aplicar el ochentero Plan Zen (Zona Especial  Norte) a la música del grupo. 

Pioneros y protagonistas de la mejor combinación de hardcore, punk y metal facturada en el Estado, 32 años (y una pandemia después) ahí siguen a día de hoy Soziedad Alkohólika, regalándonos buenos momentos.   Rompiendo la barrera del sonido, salteando partituras con total actitud y descaro, tal y como pude comprobar al 3 de enero de este maldito 2020 en la sala Totem de Atarrabia en mi último concierto pre-confinamiento como público, mostrando un momento de forma apabullante.  

Soziedad Alkohólika, todo un ejemplo de independencia, trabajo,  coherencia y de banda política en el sentido de crítica y contestataria, no de politizada o de partido. En dicho sentido poco amiga la banda del uso de iconos o reclamos ideológicos: sin ‘Ches’, estrellas rojas ni demás parafernalias, siendo siempre ellos, sus circunstancias en forma de canciones y su logotipo por bandera. Políticos sí, pero por sentido común y convicción, no por definición. Desde una postura claramente librepensadora, Sin Dios ni náEstado enfermoItoiz ito ezPalomas y buitresDios vs. Alá… Ojalá nos duren muchos años más.

j. Óscar Beorlegui

Mi primera vez: así descubrí a Cicatriz

La primera vez que leí el nombre Cicatriz fue hace treinta y seis años, en julio de 1984; en plena desescalada hacia los Sanfermines en un cartel que anunciaba un festival denominado  S.Ferminiko Infernorock. La cita era en el Jito Alai, detrás del frontón Labrit, estando previstas entre las 19:00 horas del viernes 13 y las 7:00 del sábado 14 las actuaciones de hasta ¡17! bandas, entre ellas las de unos primerizos Los Rebeldes, Ser-Vicio Público o RIP.

Aquellos Sanfermines fueron muy especiales para mí, pues debuté en el mundo de la hostelería. ¿Mi destino? El Adiskideak de la calle Calderería, y mi horario, de 7:00 am a 10 am, para cubrir las necesidades etílico-festivas y alimenticias del personal en sus últimas horas de jarana o en las primeras del nuevo día: las de una clientela que, con el encierro en lontananza, ya no se tenía en pie o se acababa de levantar. Con un horario semejante, ¿cuál era mi plan? Dormir durante el día y salir con la cuadrilla y trasnochar directamente hasta el momento de ir a trabajar, algo que, al igual que cualquier otra jornada, hice el sábado 14 de julio, yendo muy entrada la madrugada al Jito Alai para ver a los RIP: responsables directos de que me encaminara hasta allí, toda vez que ya los había visto dos meses antes con la Polla Records en la Plaza del Castillo. Y de aquellas descubrí a Cicatriz.

Poco recuerdo de su actuación, si acaso a Natxo Etxebarrieta, su cantante,  en estado de ebullición total y que las canciones arrancaban y se paraban en medio de un gran desparrame, siendo lo más impactante la transgresión que su sola presencia en el escenario suponía.

Procedentes de Vitoria/Gasteiz, ciudad prima-hermana de Pamplona en muchísimos aspectos (muy conservadoras y tradicionales ambas, con importante presencia de curas, monjas y militares), Natxo, Pepín, Pakito y Pedrito, los Cicatriz, eran depositarios del espíritu salvaje de los Freak y de la banda que originariamente salió de sus cenizas como parte de un programa de terapia, Cicatriz en la Matriz, de quienes heredaron modos, maneras, cantante masculino, baterista, guitarrista y canciones como Escupe (“escupe a la ‘estupa’ / que va en su Ritmo”, en alusión al modelo de vehículo de la brigada de estupefacientes de la época, el Seat Ritmo), Cuidado Burócratas o Aprieta el gatillo, firmadas por el que fuera el cantante de los Freak, el hoy reconocido escultor Juanjo Elguezabal: autor de la escultura de El Caminante de Gasteiz que, dicho sea de paso, escribió letras en todos los discos de Cicatriz. Los tres obuses citados, incluidos en 1985 en el célebre Disco de los Cuatro, también iban  firmados por Pedro Landatxe, baterista, talento musical en la sombra y alma mater de los Zika, como se les conocería popularmente. 

Siendo esto así, pronto, muy pronto se materializó la conexión entre Pamplona y Cicatriz, multiplicándose de forma exponencial sus seguidores navarros conforme se iban sucediendo sus visitas: Pabellón Anaitasuna y frontón Bidezarra de Noáin en 1985, barracas políticas en 1986 en un caótico y multitudinario concierto (con nuevo disco recién publicado, Inadaptados), bar La Granja en otoño de 1987 con un jovencísimo Goar Iñurrieta como guitarrista en lugar de Pepín…

Habituales del Ttutt y con muy buenos amigos en la ciudad, como El Drogas, aún recuerdo la intensidad con que vivimos en el bar durante meses las canciones de Cicatriz, mediante una práctica que llevábamos a cabo los viernes a partir de las ocho de la tarde; cuando intuíamos cargado el ambiente, esto es, casi todos los fines de semana (“son las ocho y qué follón / en la manifestación…”) íbamos al Ttutt y a una con las señales horarias del reloj de la catedral comenzábamos a beber vinos, calentándonos a la vez que se encendían las calles con canciones de Cicatriz como Botes de Humo o cualquiera de las de InadaptadosEra un hombre, de la Polla Records; La línea del frente, de Kortatu Mucha policía poca diversión de Eskorbuto: qué subidones de adrenalina al ver desde el bar cómo corrían las botas de los antidisturbios al otro lado de la puerta, escuchándose cada vez más cerca, cual truenos tras los relámpagos, los pelotazos. 

Recuerdo que una tarde-noche de aquellas de nubes y claros (y claretes, más bien), tal vez a modo de editorial o resumen de lo que se vivía,  a una con los últimos estertores de la bronca sonó el Hay algo aquí que va mal de Kortatu, tema que Natxo cantó siempre en directo, desde los primeros tiempos, mano a mano con Fermin.

Tras años vividos a toda máquina, multiplicados por unos cuántos cada uno, en 1988, con fecha ya para la grabación de un segundo disco, Zikatriz (según se leía en la entrada) actuaron el 25 de mayo en la Plaza de toros de Estella/Lizarra, siendo este concierto el penúltimo de Natxo antes de un accidente de moto que lo dejó unos años fuera de juego, postrado en silla de ruedas hasta que, fuerza de voluntad y algo más de por medio, ante la incredulidad incluso de la clase médica, se levantó, quedando obligado, eso sí, a valerse de una muletas para andar. Y no solo se levantó, sino que en un increíble salto mortal volvió a poner en pie a Cicatriz, regresando en loor de multitudes con nuevo disco, 4 años, 2 meses y 1 día, y un par de conciertos, tres años después del de Lizarra: uno, el 8 de junio, en Gasteiz, y el otro, el 15, en Pamplona, donde llenaron el pabellón Anaitasuna  dando el grupo, en opinión de Natxo,  el concierto de su vida. Subidón, tras abrir para ellos La Polla Records. Ah, el grupo de Evaristo, cuántos conciertos protagonizó en este, el pabellón del rock por excelencia, ya propios, ya abriendo para otros en su vuelta (como en este caso) o haciéndolo en su despedida, algo que harían a finales de 1992 a propósito de la de Hertzainak.

Aún volvería a ver a Cicatriz otra vez en dicho 1991, esta vez en Bergara, en un concierto compartido en uno de sus regresos a los escenarios con aquellos a quienes un buen día de 1984 fui a ver al Jito Alai, los RIP. Con un grupo, al igual que Cicatriz, condenado a pasar por los escenarios como el Guadiana, yendo y viniendo. Poniéndose y quitándose de vez en cuando y que, como las Nochebuenas del villancico, se iban y venían, hasta que se fueron y no volvieron más… 

Tras haber vivido como un ciclón, a toda velocidad, y haber visto caer a toda la formación original; arrastrando su cada vez más castigado cuerpo como una cadena de presidiario, Natxo aún reorganizó los Cicatriz en otoño de 1994 para tocar en un concierto homenaje a Pakito, en el que también tocarían  RIP, registrando estos allí su disco en directo: algo que harían Cicatriz ese año en otro concierto, la víspera de Nochevieja, en lo que había sido la mítica sala Ilargi de Lakuntza. Con motivo de su publicación, en abril de 1995 me planté en Gasteiz y le entrevisté para El Tubo, revista en la que comencé en 1994 como entusiasta escribiente de rock & roll y en la que publiqué hasta el 2000 una larga lista de entrevistas y colaboraciones. Natxo y yo nos conocíamos por amigos comunes y por diferentes incursiones suyas en la Herriko Taberna de Pamplona, donde trabajé hasta 1993: Sanfermines de 1992, nunca olvidaré el día en el que tras entrar al servicio con su inseparable muleta y permanecer allí un buen rato (yo ya me temía lo peor), salió sin ella, dejándosela olvidada. Dicha muleta permanecería colgada durante muchísimo tiempo en el techo del local: la misma que a una con sus subidones, acababa volando en todos los conciertos, súper salvajes siempre, siendo dichos vuelos auténticos termómetros de la pasión con la que el cantante los vivía. 

A una con la entrada de 1996, el 5 de enero Natxo falleció, yéndose con él para siempre los Cicatriz, banda que tan profunda e imperecedera marca  dejó en la escena y en las almas de tantos de nosotros, connotaciones del nombre aparte. Vayan estas líneas en su memoria y en la de Papín, Pakito, Pedrito, Portu, Mahoma y Jul, estos tres últimos, de RIP.

J. Óscar Beorlegui

Mi primera vez: así descubrí a Kojón Prieto y los Huajolotes y a Tonino Carotone

Tras la difusa disolución de Tijuana in Blue, quienes aún volverían a las andadas en 2003, lo que entre 1992 y 1995 causó sensación en la chiquita y apañada capital que siempre fue Pamplona fueron Kojón Prieto y los Huajolotes, vuelta de tuerca de lo que habían representado los Tijuana en sus comienzos perpetrada por Eskroto tras un iniciático viaje a México, tras su salida del grupo: viaje del que regresó reconvertido en Gavilán.

Al igual que lo que se dice de la guerra, que es la continuación de la política por otros medios, algo parecido  podríamos decir que fue el nuevo conjunto capitaneado por él: la revuelta definitiva en el frenopático. La continuación del espíritu más festivo de la banda madre… por otros derroteros, resultando estos más fiesteros todavía. Tomando la música norteña como singular punto de partida, semejante repunte fiestero trajo una oleada de canciones que lucían escoradas hacia una sonoridad irreverente y acelerada, nada que ver con la de los tradicionales corridos y rancheras, quedando bautizado el nuevo estilo como Napar-Mex: una suerte de tex-mex a la navarra.

A Eskroto ya lo conocía, no así a Gavilán. A este lo conocí un mes de invierno de 1992, a su regreso de México. Fue una noche de madrugada en un bar. De repente entró un tipo con bigote, enfundado en un traje marrón con la cabeza cubierta por un sombrero de cuero color crema. Él y los clientes  nos miramos frente a frente, sin reconocerlo nadie de primeras. Era él, Gavilán, tal y como se presentó rompiendo el silencio, quitándose el sombrero y saludando a la parroquia: ¡óralee!

Más que él a la música, podríamos decir que la música volvió a Eskroto/Gavilán tras dicho viaje a México, plasmándose esto al poco de su regreso en un programa de radio que comenzó a hacer en Eguzki Irratia, Fiesta mexicana y en el nacimiento de los Huajolotes en la antesala del verano de 1992. Al frente de esta banda no solo daría el Do de pecho, sino todas las notas, además de la nota como nunca antes la había dado. Y reconozco que esto es mucho decir. 

Kojón Prieto Azabache y los Huajolotes (este fue al principio el nombre del conjunto, tal y como llamaba Gavilán a sus grupos) comenzaron a fraguarse por las calles del casco viejo un sábado por la noche con el consiguiente añadido de la mañana del domingo; posteriormente, llegada la hora de comer, la comitiva nocturno matinal desembocaría en la Herriko Taberna de la calle del Carmen, donde yo me encontraba trabajando. Sobra decir que allí, entre el bar, el comedor y la cocina prosiguió desbordándose el estrambótico caudal formado por rancheras de siempre y conatos de canciones de la todavía nonata formación. A vuelta del verano, los llamados a partir de 1993 a ser los ‘Reyes del Naparmex’ regresaron a la Herriko, ofreciendo un concierto a la vieja usanza en la calle del Carmen, la noche del sábado de San Fermín Txikito.

 Ya en 1993, vivieron días de vino y rosas (principalmente de lo primero)  como el 26 de junio, siendo indiscutibles protagonistas en Pamplona de un sonadísimo acto: en la ciudad epicentro del Opus Dei, de la parodia de beatificación del legendario mono Txary de la Taconera, en repuesta a la ‘beatificación’ de Escrivá de Balaguer perpetrada un año antes. Tras tan solemne acto, bajo los sones de una acertadísima versión de El buey de la barranca (‘sacaremos a ese mono de la jaula / y en su lugar meteremos al… ‘),  partieron en alegre y tumultuoso pasacalles hacia la plaza de toros, con el Gavilán abriendo la comitiva pendón de los Huajolotes al frente ante las caras de extrañeza de los pamploneses de orden, quienes creían estar viendo a unos curiosos mariachis de verdad.  ¿Para qué iban los Huajolotes a la plaza de toros? Porque con motivo de la publicación de su primer disco fueron incluidos con bandas como Barricada, Flitter o Sátira en un concierto organizado bajo la denominación de ‘Diez años de rock en Navarra’. ¡Ándale mis güeyes qué día tan rechulo!

Con dicho primer disco el conjunto dio totalmente en la diana con el tema Insumisión, obra de uno de sus integrantes, Antonio de la Cuesta, Toñín, conocido como el Rey del Vodevil: un artista en la sombra que hizo sus primeros pinitos a la chita callando soplando la armónica, antes de comenzar a dar que hablar y casi dar un ‘sospasso’ general, aportando con sus composiciones la sal y pimienta al repertorio: con temas propios como Los bigotes de la muerteBilbainada o Carcelero (además de Insumisión, flor y nata las cuatro del cancionero huajolote) o con acertadísimas versiones de Luis Aguilé, (Es una lata el trabajar), Luis Aguilar (No me casaré) o Albano y Romina Power (Felicita), clara sintomatología de lo que estaba por llegar. 

Poco amigo de la corneta y muy amigo de revolucionar al personal, Toñín,  insumiso declarado, fue consecuente con su tema Insumisión, dando en 1994 con sus huesos en diferentes prisiones del Estado. Tan peculiar ‘gira’ arrancó en la ya derribada prisión de Pamplona, al lado del paseo de Antoniutti. En Sanfermines, en dicho enclave se celebraban las verbenas. Recuerdo una orquesta tocando Insumisión una de las noches, ante la aprobación y el regocijo popular. ¿La escucharía Toñín desde la cárcel? ¿Qué pensaría? 

Finalmente, tras el verano de 1995 los Huajolotes se cortaron los bigotes. Se separaron, circunstancia que, en un proceso de transformación  bastante similar al vivido por Eskroto tras su salida de los Tijuana, llevó a Toñín a presentarse en sociedad como Tonino Carotone

Ni soy adivino ni voy a apuntarme tanto alguno, pero desde la primera vez que escuché a Toñín pretendiendo hablar italiano y descubrí su reencarnación en Tonino, finales de 1997, fui consciente de que estaba ante algo fuera de lo normal. Fue tras una cena de los Huajolotes organizada por la publicación de ¡¡Échenle guindas!!, recopilatorio póstumo. No sé cómo, los dos terminamos de amanecida por ahí. Aún veo a Antonio de la Cuesta presentándose como Tonino di la Rampa por los ‘afters’, y no puedo evitar esbozar una sonrisa. 

Obrando tal y como lo hiciera en su día Eskroto (con un nuevo nombre, regresando a la escena mutado en mejicano), el otrora ‘Rey del Vodevil’ preparó su regreso a los escenarios tras visitar Italia en 1995 en el marco de una caravana por Europa reivindicando el movimiento insumiso, y lo hizo transformado en italiano bajo el desvergonzado nombre de Tonino Carotone: destapando su particular tarro de las esencias, ingeriéndolo de un trago y echándole toda la cara posible al asunto. De ahí lo de ‘carotone’. ¿Su objetivo? Vender canción italiana al mundo, algo que hizo sin despeinarse, haciendo de punta en blanco el zascandil y el majadero como si de un ‘cavalliere’ mediterráneo se tratase, con el arte y los modos de los simpáticos buscavidas de toda la vida. Y en un tiempo record lo consiguió.

Con temas como Me cago en el amorTu vuó fà lámericano, de Renato Carosone (haciendo realidad Carotone la gran ironía de grabar la canción con él), Sapore di mare Pecatore, el artista, en total estado de gracia, cayó en gracia allí donde se presentó, no pudiendo evitar sucumbir a sus encantos ni los propios italianos: más bien al contrario, quedando prendados de sus canciones desde que lo conocieron y alzando su primer disco, Mondo difficile, hasta el número 1 de las listas de ventas. Vivir para ver. A este trabajo le seguirían dos más, Ciao mortali! y Senza retorno, expandiéndose su arte por Europa y América como un reguero de pólvora.

Una cosa queda clara con Antonio de la Cuesta/El Rey del Vodevil/Tonino Carotone de por medio, echando la vista atrás: que el que la sigue la consigue. Que tanto va el cántaro a la fuente que al final la que también puede romperse es la fuente, golpe viene golpe va. ¿Por qué no? Que a veces todo es cuestión de proponérselo, habiéndose llevado nuestro artista al morral imposibles como la desaparición del Servicio Militar Obligatorio o el haberse convertido en toda una estrella de la canción en países como Italia, Grecia o Argentina. Bien por él. ¡Chapeau!

Dedicado a la memoria de Eskroto/Gavilán, fallecido en noviembre de 2003

Mi primera vez: así descubrí a Tijuana in Blue

En la década de los ochenta, más allá que por cuestiones de orden musical, uno asistía a conciertos, casi siempre callejeros, básicamente por dos razones, por la transgresión que aquello suponía en una ciudad tan mojigata como Pamplona/Iruñea y por provocar –en el sentido de molestar- con nuestra presencia a las gentes de orden. De ordeno y mando, quiero decir. “Aunque esté todo perdido / siempre queda molestar”, que habrían de cantar Kortatu en El estado de las cosas, su segundo álbum. Anticipándonos unos años a dicha letra, no éramos pocos quienes apuntándonos a cuantos bombardeos con forma de conciertos se nos presentaban, pintábamos calva la ocasión haciendo buena la canción.

Íbamos, en suma, por pasarlo bien. En 1985 cuando asistías a un concierto eras consciente de que podía pasar cualquier cosa, aparición estelar de  golpe y porrazo de la fuerza pública azul, verde o marrón e inmediato desconcierto y dispersión del público incluida. Sobra decir que en los casos en que esto no ocurría el fiestón que se fraguaba a ambas alturas del escenario era mayúsculo, creyéndonos reinar todos por encima del bien y del mal. Si hubo un grupo en la ciudad que personificó desparrame y espíritu díscolo y festivo como ningún otro esos fueron Tijuana in Blue, siendo la sorpresa del momento: una banda imposible (que tal vez por ello fue posible) cuyos integrantes, comandados por Jimmy y Eskroto, eran capaces de reírse hasta de un cuadro… Marco incluido, encontrando espacio en su repertorio todo tipo de histrionismos, chanzas y parodias. Habiendo ‘zascas’ (tal y como se dice ahora) en sus canciones para todo. Para todos. 

De manos de las inquietudes del grupo, qué duda cabe, se abrió un claro entre las nubes y se acabó la quietud, imponiéndose su luminosidad entre 1985 y 1988 al gris Pamplona, tonalidad predominante desde siempre en la ciudad: cosa también de las connotaciones del nombre de la banda, imponiéndose también dicha luz sobre el nihilista negro total proclamado por otros compañeros de viaje como los RIP.  

A Jimmy y Eskroto los conocía de verles en cuantos saraos se fraguaban en el Casco Viejo de Pamplona con el fin de ¿dinamizar el ambiente? De dinamitar la vieja normalidad heredada del post franquismo –más bien-,  dando ambos la sensación de ser el perejil de todas las salsas: mi sorpresa fue mayúscula cuando les vi aparecer en Lumbier al frente de Tijuana in Blue, en el concierto organizado en el marco de las fiestas patronales para presentar la cinta Iruña for Katakrak. ¿Qué hacía yo en Lumbier? Mi familia materna era de la villa, por lo que en los veranos tocaba ir al pueblo. Mis padres creían que donde mejor podía estar mi yo adolescente era en Lumbier, alejado de las amenazas y peligros (léase drogas básicamente) que, en su opinión, nos acechaban en la ciudad: según ellos, ¡¡si incluso las daban gratis y si te despistabas te las echaban hasta en el Cola Cao!! Ah, escuchar campanas sin saber dónde, qué malo ha sido siempre… Qué equivocados mis progenitores, cuando lo que pasaba era justamente lo contrario: que las denominadas ‘drogas’ costaban una pasta y, como más de un yonky ya había tenido ocasión de comprobar, quien recibía con frecuencia el Cola Cao era su dosis de caballo, cortada así por el vendedor para hacer más provechoso el negocio.

Para entonces, 1985, ya hacía dos años o tres que había descubierto en Lumbier el bar La Cueva, epicentro de la vida social de quienes más o menos pensaba que eran como yo: la de ‘duros’ que me dejé en su sinfonola escuchando Este Madrid, de LeñoFast as a shark, de AcceptHormigón, mujeres y alcoholCanciones desnudas Al límite, de Ramoncín o, desde el año anterior, Eh txo, de otro grupo local de los llamados a comérselo todo, Hertzainak: de hecho, entre 1984 y 1992 llegarían a llenar por lo menos en seis ocasiones el pabellón Anaitasuna.

Ya metidos en faena, el ambiente de las horas previas al concierto lució  marcado por la curiosidad –en un primer momento-… y por la desconfianza general de los sheriffs del lugar acto seguido, a la vista de las pintas de buena parte de quienes aquella tarde noche se acercaron a la plaza de los Fueros de Lumbier: un respetable más que presto y predispuesto a desfasar (en muchos casos) que, en su ‘puestón’, no dudó a la hora de cruzar incluso ciertas líneas rojas locales, invisibles a ojos de los foráneos pero pintadas y remarcadas con trazos gordos en el subconsciente colectivo de la localidad. 

Tijuana in Blue actuaron de madrugada, en último lugar, descargando en parte el ambiente con su filosofía etílico-hedonista y sus experimentales y despreocupadas canciones: con unas composiciones/parodias musicadas en muchos casos como La flauta de BartoloEl ReyTres tristes tigres o el himno de Katakrak, reescrito sobre el de una conocida Peña sanferminera. Además, también sonaron otras como Una de piratasRebelión medieval o Bebe y olvídalo, incluidas en 1986 en su disco debut compartido con Potato (siendo esta última su aportación a la cinta Iruña for Katakrak) o Ídolos, claro exponente de la filosofía del grupo en sus inicios. En una plaza sembrada de irónicas octavillas en las que se aludía a la africanía de Navarra y a la libertad de un tal Omar Omonte, el fin de fiesta post concierto se alargó durante casi una hora con una delirante improvisación en la que, bajo un ritmo tan básico como festivo, se reivindicó en euskera  dicha africanía de la práctica totalidad de los pueblos de la comunidad foral: “Iruña, Afrika da”; “Tutera, Afrika da”; “Ilunberri, Afrika da…”

Pronto, muy pronto volví a ver a Tijuana in Blue, haciéndome absolutamente incondicional: fue en octubre de dicho 1985, en fiestas de Arrosadia (La Milagrosa por entonces), siendo nuevamente de alto voltaje el desparrame, y, posteriormente en diciembre, en un local de mi barrio, Errotxapea, conocido como El Barracón. Esta cita, de marcada connotación transgresiva, fue organizada por Eguzki Irratia para la noche del 24 de diciembre, subiendo con ellos al escenario Fiebre y Refugiados. El escándalo en mi casa fue de aupa cuando, tras la ceremoniosa cena familiar, dije que iba a salir: hacerlo en Nochebuena aquellos años era impensable, una herejía, poco menos.

Viento en punk a toda vela,  tras actuar los años siguientes del uno al otro confín (quedando en nuestra memoria conciertos como el dado en el parque de la Media Luna de Pamplona, junio de 1987, con motivo de la presentación del TMEO), la vida no siguió del todo igual para Tijuana in Blue a partir de finales de 1997, siendo testigos sus siguientes discos (A bocajarroSopla, soplaSembrando el pánicoVerssioneando Te apellidas fiambre) de no desapercibidos volantazos musicales y reajustes estilísticos: de una progresiva desescalada del espíritu festivo del conjunto, acentuada definitivamente con la salida de Eskroto del grupo en 1990. Finalmente, en verano de 1992, la banda desapareció. 

Tras volatizarse sin apenas meter ruido –curiosamente-, el espíritu más genuino de Tijuana in Blue recuperaría el riego y la chispa ese mismo año, 1992. Y, de manos de un Eskroto reconvertido para la ocasión en Gavilán, lo hizo dando lugar a una contagiosa segunda oleada con forma de nueva banda, Kojón Prieto y los Huajolotes: formación imposible (nuevamente) en la que, además, terminaría brillando con luz propia un personaje del séquito de los Tijuana cuyas dotes musicales desconocíamos hasta entonces, Toñín, quien a una con el siglo XXI arrasaría bajo el alias artístico de Tonino Carotone. Fuera de toda duda, con los Huajolotes, llegó el ansiado rebrote, el del alocado espíritu de Tijuana in Blue, para muchos la banda más querida de nuestra capital.

J. Óscar Beorlegui

Mi primera vez: así descubrí a Kortatu

1984 fue un año un tanto confuso y convulso para mí, quedando rematado lo dicho por el hecho de que tuviera que repetir curso, 2º de BUP. Pero el verme abocado a repetir, no hay mal que por bien no venga, fue todo un punto de inflexión, llevándome a cambiar de forma radical mi forma de encarar la vida, algún que otro destierro de equivocadas amistades de por medio. Llegando en buena parte dicho cambio gracias a  mis seminales (y casi semanales) nuevos descubrimientos musicales, teniendo mucho que ver con ello, además de los de Barricada y La Polla Records, el de Kortatu. Otoño de dicho año así pues, ¿tiempo de cambios radicales? Sí, siendo a la postre el mensaje y el inconformismo de muchos de los llamados a ser conocidos como grupos radicales lo que me salvó. 

A Kortatu (Irún, 1984, Pamplona/Iruñea, 1988) los descubrí en los últimos estertores de Radio Paraíso, octubre de 1984, emisora en la que comenzaron a pinchar una rudimentaria maqueta suya. Y lo cierto es que pese a que la calidad del sonido era la que era, las canciones del trío comandado por Fermin Muguruza tenían un color distinto. Otra esencia, articulada sobre unos ritmos skatalitikos de agridulce regusto punk nunca antes escuchados por la zona: haciéndose, por otra parte, como todavía se estaban haciendo nuestros recién desvirgados oídos a los sones del rock duro y el heavy metal, lo más de lo más, y en proceso de hacerse a los del malencarado punk. Aquellas canciones eran sencillas y de apariencia festiva y divertida, y con ellas el grupo no solo hacía de la necesidad virtud, sino versión también en muchos casos: llevándose con la susodicha maqueta el gato y la colonia felina al agua al completo, con temas como Mierda de ciudad, Jimmy Jazz o Hay algo aquí que va mal

Los mejores presagios respecto a Kortatu se cumplieron con creces en verano de 1985, cuando fueron incluidos en el denominado Disco de los cuatro. En un abrir y cerrar de ojos, abriendo la ‘Cara A’ con tres canciones que brillaban como tres soles, se colaron directamente en la ‘pole position’ de lo que ya se empezaba a conocer como Rock Radical Vasco: con las desde entonces imprescindibles Nicaragua Sandinista, Manolo Rastamán y Mierda de ciudad

De forma paralela a sonar en Radio Paraíso y en Eguzki Irratia, radio libre de Pamplona que tal vez sin pretenderlo terminó comiéndole la tostada a la primera, canciones como las de Kortatu comenzaron a hacerlo a todas horas en el Ttutt, referencial bar de la calle Curia que pronto se convirtió en centro de operaciones y cuartel de invierno (y de primavera, verano y otoño) de cuantas bandas como aquella comenzaban a surgir por todas partes, dándose cuartelillo en su equipo de música y, atención, en su circuito cerrado de televisión a grupos como RIP, Cicatriz, Eskorbuto, Porkería T, Ultimatum o, claro está, Kortatu: y lo más importante, tuviesen dichas bandas discos oficiales o no, siendo Manolo Gil, Javier Pinzolas y Javier Guibert, los responsables del Ttutt, habituales de la práctica totalidad de cuantos saraos alternativos se organizaban en Pamplona, cámaras de video al hombro prestos siempre a grabarlo todo: así comenzó su carrera el con el tiempo reconocidísimo realizador de portadas y videoclips  Manolo Gil. 

Aún recuerdo la primera vez que entré en el Ttutt y vi su pequeña pared frontal llena de pequeños monitores de televisión, cómo flipé con ello… y con lo que en sus pantallas se veía: principalmente actuaciones de grupos como aquellos, entre tomas de algaradas callejeras y ‘okupaziones’ alentadas por Katakrak…  Sin duda el ‘háztelo tú mismo’, la realidad callejera, siempre superó en aquel bar a la ficción.  

Mi primera vez con Kortatu fue en el Pabellón Anaitasuna, marzo de 1985 (sí, incluso antes de la publicación del célebre Disco de los cuatro), y fue compartiendo escenario con Cicatriz y Hertzainak, autores de Aprieta el gatillo y Pakean utzi arte respectivamente: los misiles de larguísimo alcance con los que los Barricada de 1985 abrían sus conciertos. Dicha primera vez fue en loor de multitudes, llenando las bandas el recinto hasta la bandera. Estaba claro que había llegado su momento.

Finalmente diciembre de dicho año trajo un nuevo concierto de Kortatu a las proximidades de Pamplona, hasta Noáin, frontón Bidezarra, siendo secundados en este caso por Ultimátum, La Polla Records y nuevamente Cicatriz

1986 volvió a acercar a los de Irún a la ciudad, protagonizando el trío una actuación tan accidentada como surrealista. La cita fue en el marco de San Fermín Txikito, sobre el remolque de un camión. Al parecer, con motivo de la celebración de dichas fiestas, se habría solicitado permiso para organizar un concierto y colocar un escenario, lo cual fue denegado, y como a falta de pan, buenas son tortas, a alguien se le ocurrió la idea de hacer el concierto a bordo de un pequeño camión. Y dicho y hecho. Las bandas actuarían sobre el remolque hasta que hiciese acto de presencia la Policía Municipal, y cuando esto ocurriera, el camión se iría con la música a otra parte. A otro emplazamiento previamente consensuado con el público. Tan singular concierto reivindicativo-festivo tuvo lugar en tres actos, concluyendo tal vez sin que se iniciase el tercero a una con la irrupción en la calle Calderería de la Policía Nacional. 

El primer round tuvo lugar por la tarde en la explanada de San Fermín de Aldapa, y el segundo, ya a media noche, a la vera de la catedral en la plazuela de San José. En este tomó parte Kortatu, contando como anfitriones y compañeros de viaje (que no solo de cartel) con un efervescente grupo local de lo más borracho y animal, Tijuana in Blue. Tal y como estaba previsto, todo fue así hasta que, bron-ca bron-ca, bron… (tal y como decía una canción de los Tijuana) apareció la Policía Municipal. Y de repente allí estaban algunos de los implicados en el concierto, con la música de Mierda de ciudadsonando de fondo en la cercana plaza de Nabarreria, preguntándole a un agente a ver por qué la orquesta podía tocar aquella canción y sus autores no. Ante tal pregunta, ¿qué hizo el representante de la autoridad? Tras quitarse la gorra, rascarse la cabeza y encogerse de hombros, dar la callada por respuesta.

Las relaciones entre Kortatu y Tijuana in Blue eran tan buenas que al año siguiente el trío fronterizo no dudó a la hora de volver a compartir escenario con ellos, siendo esta vez el elegido el del pabellón Anaitasuna. La cita fue en febrero, y el recinto, una vez más, se llenó a rebosar. Por aquel tiempo Kortatu contaba con tres trabajos publicados además del disco compartido con Cicatriz, Jotakie y Kontuz Hi!, y sus conciertos eran auténticas fiestas: lo mismo que los de Tijuana in Blue, más bestias estas si cabe. Los de Pamplona/Iruñea ya contaban para entonces con una primera referencia discográfica, un LP publicado en 1986 compartido con Potato.

Haciendo bueno el dicho de que lo bueno, si breve, dos veces bueno, Kortatu, al igual que pasara con Leño, se acabó pronto. Demasiado pronto. En 1988, siendo, cómo no, el pabellón Anaitasuna el recinto en el que nos dijeron y les dijimos adiós. Aquel día, 1 de octubre, terminó la década de los ochenta para mí. Pero pese a que aún no se sabía, en las mentes de Fermin e Iñigo Muguruza ya se estaba gestando la de los noventa: el relanzamiento hasta límites insospechados de sus carreras de manos del lanzamiento de una nueva formación, Negu Gorriak. En cuestión de poco tiempo viviría con ellos otra primera vez…

Dedicado a la memoria de Iñigo Muguruza, fallecido en septiembre de 2019

J. Óscar Beorlegui

Mi primera vez: así descubrí a Barricada

Hablar de Barricada es hacerlo de adolescencia. De tiempos que arden y  hormonas social y musicalmente revueltas, tanto las mías como las del grupo ante su pistoletazo de salida hacia de los escenarios de la vida. Barricada llegaron a mí un 23 de abril de 1983, fecha para no olvidar. Dicho día tuvo lugar el segundo de los conciertos programados por Radio Paraíso contra su último cierre hasta entonces, y llevó al parque de Antoniutti de Pamplona a Barricada, Motos (banda en la que militaba Marino Goñi, de la discográfica Soñua) y Restos de Serie.

Recuerdo dicha fecha, además, porque tal día la representante de España en Eurovisión hizo buenísimo por primera vez el premonitorio verso de “nuevos cantantes hacen el ridículo en viejos festivales como Eurovisión”, incluido en Yo soy quien espía los juegos de los niños de Ilegales, quedando en la última posición. Vaya cómo me reí, habida cuenta de que dicho Festival se seguía anualmente en la casa familiar. Yo soy quien espía los juegos de los niños, por cierto, venía en el disco debut de los asturianos, publicado curiosamente aquel mismo 1983. 

No recuerdo mucho de las actuaciones del parque de Antoniutti. Me vienen a la cabeza flashes de un joven melenudo enfundado en su capa, acompañado sobre el escenario por otros tres de pintas similares, muy centrados los cuatro y motivados. Se trataba de Barricada, banda integrada por el incombustible Drogas, al bajo y a la voz; Boni y  Sergio Osés, a las guitarras y a las voces, y Mikel Astrain, a la batería. La noche de rock & roll deparó canciones como Niños de papáMuñecas imbéciles o Vagabundo, con las que el grupo me propinó un golpe de mano tan rotundo como el recibido la semana anterior, cuando descubrí a La Polla Records. Aquel día vi por primera vez a Barricada, pero no era su primera actuación.

Meses antes, con motivo de la Nochevieja de 1982, Radio Paraíso organizó con la revista Cuatrovientos una fiesta como nunca se había visto en Pamplona, denominada Nochevientos en el Paraíso. En el frontón Labrit, entre las 19:00 del 31 y las 7:00 am del 1 de enero se programaron actividades de lo más variadas,  que incluyeron un Festival infantil, la retransmisión de las campanadas, un cotillón con concurso de disfraces (tal vez arrancara así la tradición de disfrazarse en Pamplona en Nochevieja) y, de 4:00 am a 7:00, un festival de rock, con bandas como las FOP, La Polla Records (que por cuestión de descontrol de horarios no llegaron a tocar) y Barrikada, escrito su nombre así, con K. Finalmente, la hoja de ruta anunciaba para las 7:00 horas un viaje en autobús a San Cristóbal (actual monte Ezkaba) para ver amanecer, estando previsto después el regreso al frontón para degustar caldico y chocolate (del de tomar caliente se supone)… “Hasta que el cuerpo no aguante más”, según concluía el cartel. Los Barricada, trío hasta entonces, debutaron esa noche como cuarteto, con la incorporación del ex Kafarnaun Sergio Osés a las guitarras y a la voz. Los más viejos del lugar cuentan que actuaron sobre las 7:00 am ante cerca de 4.000 personas y que fueron los triunfadores de la noche. 

“¿Por qué esperar una señal?” Así comienza En la silla eléctrica, canción que abrió el primer disco de Barricada, y no, nadie sabe cual fue la señal que animó a Enrique Villarreal, el legendario Drogas, a liar la que lió. A materializar de una vez por todas su deseo de escribir canciones para escapar de su personal callejón sin salida tras regresar de su tormentosa mili en puertas de las Navidades de 1981, ingreso en el hospital incluido. Frío invierno siempre gris que te acaba doblegando…

Solo se sabe que la señal tal vez fuese dicha pregunta en sí misma, fraguándose en su cabeza en los días de ingreso con un único objetivo: combatir la criminal rutina a la que se veía nuevamente condenado. “Escribiré alguna canción / para olvidar que hoy es como ayer, oh, nooooo”, tal vez resonara en su cabeza. Sea como fuere, tras su paso por Kafarnaun antes de hacer el servicio militar, una vez de vuelta fue en el hospital donde decidió tentar a la suerte y formar un grupo que se llamaría Barricada

A los meses, al todavía no estrenado grupo (integrado únicamente por entonces por El Drogas y Boni) le surgió la posibilidad de actuar en el Rastro de la Txantrea, como teloneros de un grupo llamado Kaifás, el 18 de abril de 1982. El jefe de la empresa del sonido les dijo que les dejaría el equipo a cambio de que le limpiaran una bajera que tenía con toneladas de mierda. Y como alguien consiguió un camión de recoger chatarra, se pusieron a ello y consiguieron el equipo. Ya metidos en harina, tras un primer intento fallido, finalmente también consiguieron un batería para sacar adelante la actuación, recurriendo para ello a José Landa, a los parches en Kafarnaun. Fue este quien les presentó tras el concierto a Mikel Astrain, quien se ocupó de tambores y platillos hasta su inesperado fallecimiento el 2 de abril de 1984. La primera canción en sonar aquella mañana en el Rastro fue el Ave María (“Dios te salve, María, llena eres de graciaaa…”), una especie de introducción con ruido, con El Drogas sacando una calavera de debajo de la capa al tiempo que recitaba. Nadie lo sabía, pero la bomba estaba a punto de estallar.

Por aquellos años, 1982 – 1985, la calle era un hervidero donde se cocían todos tipo de utopías y proyectos. Las calles y bares como el Ttutt eran inmensos e intensos caladeros de ideas donde siempre pasaba o se tramaba algo, lo que llevó a la proliferación de todo tipo de comités y asociaciones ecologistas, antimilitaristas o pro-okupazion. Y, tal vez animados por el éxito de los conciertos callejeros hasta entonces organizados por Radio Paraíso, los incipientes nuevos colectivos pronto comenzaron a organizar conciertos reivindicativos de todo tipo, apuntándose en tropel las también incipientes bandas a subir a los escenarios. Así pues, además de en el pabellón Anaitasuna, que pisarían por primera vez en junio de 1983 junto con La Polla Records y Ángeles del Infierno y por segunda, junto a Derribos Arias y Kontuz Hi!, (presentando Noche de rock & roll y a un nuevo guitarrista, Alfredo Piedrafita, en sustitución de un Sergio Osés alejado del grupo por el servicio militar), Barricada también se dejaron ver tocando a pie de calles, siendo yo testigo de ello una mañana de diciembre de 1984 en la plaza del Ayuntamiento de Pamplona, donde se marcaron una impagable versión de Burning dedicada al por entonces alcalde, Julián Balduz (“Qué hace un alcalde como tú / en un sitio como ésteee”), o, en Marzo de 1985, también una mañana, en el quiosco de la plaza del Castillo, antes de que la concurrencia intentara okupar un local municipal en la cercana calle Zapatería: dicho día estrenaron Okupazion, tras abrir concierto, tal y como hacían aquellos años, con Aprieta el gatillo, de Cicatriz, y Pakean utzi arte, de Hertzainak.

Si algún colectivo triunfó en 1985 ese fue Katakrak, movimiento en favor de la okupazion surgido al calor de la radio libre Eguzki Irratia, depositaria a estas alturas del espíritu de Radio Paraíso. Para aglutinar el caudal musical de cuantas bandas locales apoyaban la okupazion de locales, Katakrak coordinó la grabación de una cinta en la que aparecieron Porkería T, Tijuana in Blue, Fiebre (herederos de los antiguos Motos), Belladona (con Aurora Beltrán en sus filas como guitarrista, incluyéndose su Una noche de amor), Malos Tratos, Ultimatum y, cómo no, Barricada, quienes aportaron una sorprendente versión del tango Solamente una vez. La cinta fue presentada en agosto con dos conciertos en Lumbier, Navarra, actuando Barricada en el segundo de ellos junto con Porkería T, Ultimátum y unos prácticamente debutantes Tijuana in Blue que, todo hay que decirlo, para darles de comer aparte, se lo comieron todo. Como curiosidad diremos que Barricada actuaron en primer lugar y que solo tocaron temas nuevos, los llamados a integrar meses después su disco No hay Tregua.

Dicho álbum se presentaría en abril de 1986 nuevamente en el pabellón Anaitasuna, recinto en el que en dicho 1985 actuaron en dos ocasiones: con Malos Tratos y Burning en febrero con motivo de la presentación de Barrio conflictivo y abriendo para Rosendo en junio, con la puesta de largo de su Loco por incordiar de por medio… Y lo que se pudiera contar desde este punto ya es de sobra conocido. Según la Biblia, un denominado “santo” cayó de un caballo, se golpeó la cabeza y  vio la luz. Yo, ahorrándome lo del caballo, podría decir que vi la luz un cada vez más lejano abril de 1983, con hallazgos como el de  Barricada. Eso sí que fue un descubrimiento, y no lo de Colón avistando las Américas. 

J. Óscar Beorlegui

Mi primera vez: así descubrí a La Polla Records

La noche que fue mi niñez (metáforas aparte) terminó cuando descubrí a Leño, representando su descubrimiento la salida del sol. Pues bien, la luz de ese sol llegó a alcanzar cotas insospechadas tras descubrir a La Polla Records, un día de abril de 1983. Y es que, si bien las letras y maneras de Leño y de otros como Barón Rojo ya habían hecho mella en mí (¿cómo no acordarme del Volumen Brutal, de estos últimos?) las de Evaristo hicieron diana desde el minuto uno, haciendo que pareciesen menores las de aquellos desde que el de la Polla abriera la boca aquella tarde noche de aguas mil. Afortunadamente escampó a tiempo, y lo que vi representó la luz al final del túnel de mi infancia… Sin que dicha luz fuera la del faro de un tren que viniese de frente. Aquel día quedó atrás la noche y comenzó en mi vida a amanecer. 

El acontecimiento sucedió en el paseo de Sarasate de Pamplona, frente al monumento de los Fueros, el 16 de abril de 1983. Poco habíamos oído a aquel grupo, La Polla Records. Si fuimos a verlo fue porque era un concierto gratuito y porque lo organizaba Radio Paraíso. Al igual que a mi familia, al Gobernador Civil de la época, Luis Roldán, aquella emisora, en funcionamiento desde 1980, no le debía caer muy bien, y prueba de ello es que el 29 de marzo de aquel año había decidido clausurarla. Como medidas de protesta, la radio organizó algunas manifestaciones y unos cuántos conciertos, siendo estos los sábados 16, 23 y 30 de abril. En el primero de ellos estaban programados Tubos de Plata, Pabellón Negro (banda en la que militaba Alfredo Piedrafita) y La Polla Records. 

El nombre del conjunto nos sonaba, lo habíamos visto en carteles por Pamplona meses atrás, pues habían sido convocados en  Nochevieja para tocar en una fiesta en el frontón Labrit denominada Nochevientos en el Paraíso, organizada por una revista llamada Cuatrovientos y dicha emisora pirata: las 700 ‘calas’ que costaba la entrada fueron las culpables de que ni se nos pasase por la cabeza asistir. 

Banco Vaticano, presentada por el legendario guitarrista Txarly como La mafia de las sotanasCanción de cuna, y una frase, “Vas con tu uniforme / y con tu mente deformeeeee”, he aquí algunos de mis imborrables recuerdos de aquella tarde de abril, además de la imagen de Evaristo desafiando al público con una chaqueta caqui llena de imperdibles y gesticulando de lado a lado del escenario como si no hubiera un mañana. Los ciudadanos de orden, atónitos, contenían la respiración en sus paseos vespertinos: en el corazón de la city nunca se había visto nada igual.

Dicho 1983 fue fructífero en lo referido a volver a ver a La Polla Records, pues pronto tocaron en la Ciudadela de Pamplona, en junio, en el marco de una fiesta organizada por la discográfica Soñua, y al mes siguiente en Sanfermines, dentro de una programación de apoyo a los grupos noveles, en la plaza de los Fueros. Allí fue donde sonó por primera vez la canción de las canciones, Salve. Para entonces ya contaban con el primer single, Y ahora qué, pero aquello, que tuvieran  o no tuvieran disco, nos daba igual. 

Grupos como La Polla Records representaban la más inimaginable transgresión que ni tan siquiera nos habíamos atrevido a soñar, y, con la fe del converso, íbamos a absorber sus canciones como si fuésemos esponjas, algo que hacíamos entre trago y trago de lo que hubiera. Por otra parte, tampoco íbamos a aquellos conciertos por apoyar a las bandas, sino porque nos gustaban. Porque eran ‘auténticas’,  que se decía en la época. A lo que sí que íbamos por militancia era a manifestaciones como las organizadas aquel año para protestar contra los continuos cierres (‘txapes’, en terminología de la época) de Radio Paraíso. 

Animados por la tenacidad de aquella emisora y tal vez espoleados por las embestidas que le eran propinadas desde el Gobierno Civil, la gente de los grupos ecologistas de Pamplona decidió en 1982 poner en marcha otra radio libre en la ciudad, surgiendo así Eguzki Irratia. Pues bien, como si se tratara de celebrarlo, con motivo del primer aniversario de aquella clausura de Radio Paraíso, la Policía se marcó su pequeña venganza cerrando a finales de marzo de 1984 las dos emisoras, dos al precio de una, procediendo ambas a organizar un concierto de protesta en mayo de 1984: la cita fue en el quiosco de la plaza del Castillo, y los artistas encargados de animarla, Rip y la Polla Records, en la que sería la presentación ‘oficiosa’ de Salve en Pamplona: la oficial sería en octubre de ese mismo año en el Pabellón Anaitasuna. 

Dicho 1984, además, vio mi debut en el mundo de las ondas y en el laboral. Desde que tuve uso de razón (musical), había soñado con hacer un ‘turno’ (así se les llamaba a los programas) en Radio Paraíso, algo que no conseguí, reactivándose dicho deseo a una con la irrupción de Eguzki Irratia. Y dicho y hecho. En aquel concierto conocimos a gente de dicha radio y mi sueño se hizo realidad. Los locales de la Eguzki estaban por entonces en la C/ Jarauta, en un cuarto piso, y los diferentes ‘turnos’ dejábamos y cogíamos las llaves en el bar Malembe. Aún recuerdo cuando llegó el Salve a la emisora, cómo recibimos el disco: todos y cada uno de los programas hicimos un ‘especial’.

Respecto a mi bautismo laboral, diré que pese a que estaba estudiando, la perentoria necesidad económica a la que siempre estaba abocado me animó a  buscar una ocupación. Así pues, decidí pedir trabajo en un bar de Calderería al que íbamos a diario, el Adiskideak. Y me cogieron para ayudar los fines de semana en verano, Sanfermines incluidos: Sobra decir qué disco compré el 15 de julio con parte de lo que cobré…

Ya con la cinta de Salve en mi poder, lo mejor fue llegar a casa y darle al Play: qué caras las de mi madre conforme se iban sucediendo las canciones, siendo el momentazo, el minuto de oro para la posteridad, la que puso cuando sonó Salve. Aquel disco lo tenía todo, incluso un orondo fraile en la portada que dio mucho juego en el hogar, pues se parecía endemoniadamente a un pariente carmelita. Viendo el éxito que estaba cosechando la cinta, por hacerles rabiar en casa, decía que el caricaturesco fraile era el pariente, que yo lo había dibujado y había mandado el dibujo al grupo. A partir de entonces, cada vez que sonaba  Salve, mi madre se ponía nerviosa y quitaba la luz de casa, para no escuchar la canción: con ningún otro disco se repitió tal reacción. 

A partir de entonces, vuelta actual a la actividad musical, prórroga o bola extra aparte, vi con asiduidad a La Polla Records durante veinte años, hasta que finalmente, en agosto de 2003, se separaron, siendo yo testigo, sin saberlo, de su antepenúltimo concierto en Estella/Lizarra. La cita contó con Tijuana in Blue como compañeros de cartel de lujo, en su azaroso regreso de dicho año… Además de La Polla Records, me voy a poner serio, algo más terminó para mí aquel mes de agosto musicalmente hablando: el siglo XX. Pese a que la carrera de Evaristo siguió siendo prolífica y suculenta (The Kagas, The Meas, Gatillazo), algo murió en nuestra alma cuando la Polla Records, tras más de dos décadas escribiéndola, pasaron a ser historia. Ya nada fue igual.

J. Óscar Beorlegui