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Mi primera vez: así descubrí a Leño

Leño fueron el primer grupo por el que pagué dinero por un disco (Leño en directo, 600 ‘calas’ de la época) y una entrada (400 pesetas), siendo la banda sonora de la transición entre mi infancia y mi alegre juventud. Impactando con la fuerza de un obús en la línea de flotación de dicho tiempo de cambio. De unos años en los que, tras la oscuridad de los años de mi niñez, el futuro se podía tocar, dando la sensación de que podía salir el sol: materializados esos pensamientos en que ya salía sin mis padres (aunque con horario de vuelta de obligatorio cumplimiento) o en que ya había comenzado a entrar en las salas de recreativos para jugar en los pinballs y escuchar en sus sinfonolas unas canciones, a duro el tema, que nada tenían que ver con las que había escuchado hasta entonces. En mi caso y en mi casa, villancicos de temporada en Navidades, jotas navarras a cualquier hora en la radio y las atemporales coplas de los Payasos de la tele. 

Así de deprimente fue el panorama más o menos hasta 1981, año en el que con 14 años descubrí  a los Leño escuchando Radio Paraíso, señera emisora pirata de la ciudad. 

Tras mucho batallar en casa, al poco tiempo de aquello logré algo de capital importancia, que compraran un radio cassette para poder grabar canciones de las que pinchaban en la Paraíso y poder escucharlas una y mil veces. ¿Cómo lo conseguí? Llevando a la unidad familiar a mirar escaparates de comercios donde los vendían durante los tediosos paseos dominicales, actividad que básicamente consistía en andar por las  calles a la búsqueda y captura de escaparates. Así fue como dimos con el de una tienda en el que había expuestos radio cassettes y ¡oh, bendición; qué propicia alineación de los astros!, cintas de jotas navarras. No me acuerdo muy bien, pero el caso es que le hice ver a mi padre que comprando aquel aparato y algunas de aquellas cintas podría escuchar sus jotas cuando quisiera, sin depender de que las pusieran o no en la radio. No dijo nada, lo cual ya era buena señal, pero mordió al anzuelo el cabeza de familia. Un buen día fue a la tienda y lo compró. 

Para cuando llegué a los Leño mis oídos ya habían sido desvirgados en materia de rock por bandas como AC/DC, Motörhead, Deep Purple o Barón Rojo, cuyo primer disco, Larga vida al rock and roll, ya había hecho un buenísimo trabajo previo. Por aquel entonces  cursaba 8º de EGB, y en clase había alumnos que, por sacarse unas perrillas para sus cosas, ofrecían la posibilidad de grabar discos, a 100 o 150 pesetas la unidad, en caso de que tuvieran que poner ellos la cinta. A mí, cosa de la incipiente rebeldía que ya venía pidiendo paso, toda vez que mi rollo ya debía ser el rock (pese a que aún no lo supiese), aquello me pareció una muy buena idea.  

Mi padre llegó un buen día a casa con el radio cassette y unas cintas de jotas que nunca llegó a poner. Sea por lo que fuere, se olvidó inmediatamente de ellas. Siguió prefiriendo poner la radio, escuchándose jotas solo cuando sonaban en el dial. Siendo yo consciente de ello, habiendo descubierto en clase (hay que ver todo lo que aprendí aquel año), que si ponías cello en la hendiduras de los cassettes originales era posible regrabarlos, se me encendió pronto la bombilla. Estaba claro el siguiente paso a dar. Cada grabación de aquellas me saldría a 100 pesetas.

Uno de los de mi embrionaria cuadrilla adolescente tenía un hermano mayor que, cuando íbamos a buscarle para salir, casi siempre estaba encerrado en su habitación escuchando música: The Rolling Stones, UFO, Ted Nugent y también a Leño, cuyo cantante, un tipo de provocativo y deslenguado verbo, daba al cantar la sensación de que te estuviera gritando a la oreja, como bien ya sabía. Una banda que desde que la escuché por vez primera en aquella emisora pirata (Cucarachas, El tren, Maneras de vivir…) hizo que algo se desatara en mi interior, marcando un antes y un después. Aquel disco de Leño, en directo, sonaba también en la pista de autos de choque de Yanguas y Miranda, lugar al que el hermano de nuestro amigo nos llevó una tarde y en cuyo ambiente nos integró. Aquel LP eran palabras mayores para mí, por lo que se me metió entre las cejas que debía comprarlo. Que aquel no me lo grabarían. Que quería tenerlo original. Así pues, tras ahorrar como pude la paga de un mes, me encaminé un día a una tienda de discos en cuyo escaparate siempre me detenía a mirarlo y lo compré. Nunca se me olvidará la sensación que sentí al llegar a casa, meter la cinta en el radio cassette, darle al Play y esperar a que comenzara a sonar Sí señor.

La pista de autos de choque pasó a ser el eje de nuestras recién estrenadas vidas. Había música, chicas y podíamos permanecer horas apalancados sin gastar. Al ritmo de AC/DC, Los Chichos, Los Chunguitos o los Leño, allí se daba cita lo mejor de cada casa, además de algunos despistados jovencitos y jovencitas a los que los primeros se las ingeniaban para sacarles fichas… Y lo que surgiera, llevándose a cabo en los cercanos fosos de Ciudadela ciertos ritos de iniciación: primeros tortazos dados por unos y recibidos por otros (propinados por malotes de la pista a asustadizos usuarios a modo de prueba a superar para poder entrar en una u otra banda), primeros porros, primeros picos de caballo, primeros besos (o lo que se terciara) los más afortunados con La noche de que te hablé, a lo lejos, sonando de fondo…

Aunque nadie parecía saber mucho de ella, la heroína, mientras tanto, ya corría a sus anchas por Pamplona, siendo el Casco Viejo el cauce principal (aunque no único) que acogía su caudal. Por entonces, lo único que había en la calle era chocolate y caballo. En ocasiones, si teníamos pelas, primero íbamos a lo viejo y tras hacernos con unos litros pillábamos medio talego de costo, mirando con cara de envidia a aquellos que, como el hermano de nuestro amigo y otros como él, iban a Capitanía a chutarse. Parecía que la heroína era lo más. En mi despiste adolescente incluso llegué a llevar un pin en el que se veía un caballo blanco alado saliendo volando de una jeringuilla. Pese a que el ambiente era el que era, pronto acerté a alejarme de aquellas amistades y la tontería no fue a más, siendo los Leño lo más positivo que saqué de aquellos años.

Muy queridos en Pamplona y en Navarra en general, Leño visitaron la comunidad foral un buen número de ocasiones, teniendo yo la inmensa suerte de asistir a dos citas memorables: las brindadas en un pabellón Anaitasuna a rebosar, octubre de 1982, y en la plaza de Toros, en agosto de 1983, junto con Miguel Ríos y una casi debutante Luz Casal en la gira denominada El rock de una noche de verano. Y qué queréis que os diga, que pese a ser los segundos del cartel, ellos se lo comieron todo. Ellos nos dieron gusto del bueno. 

Tras depararnos Leño la de cal con semejante concierto, a los pocos meses recibiríamos la de arena, con la noticia de su separación. Nadie se lo podía creer. Todavía recuerdo a El Drogas de Barricada no sé si entrevistando o intentando entrevistar  a Rosendo en Radio Paraíso… En fin, se acabó… Leño llegaron, vencieron y convencieron, y, por la puerta grande, lo hicieron dejando más que plantada para siempre una semilla que, tras haberse materializado ya para entonces en Barricada, unos cuantos años después volvería a germinar, y cómo, plasmada en los Marea. Pero esto ya será otro contar. 

J. Óscar Beorlegui

Ciclonautas. Bienvenidos Los Muertos

El próximo 27 de noviembre, verá la luz el segundo trabajo de Ciclonautas, el trío formado por Mariano ‘Mai’ Medina (Calaña) en la guitarra y voz, Javier ‘Txo’ Pintor (Ja Ta Já) en el bajo yAlén Ayerdi (Marea) en la batería. Con el título de Bienvenidos Los Muertos, la banda nos ofrecerá diez nuevas canciones poco más de año y medio después de su flamante estreno (y doble) ¿Qué Tal? y después de una gira dividida en dos fases,la segunda de ellas acompañados nada menos que por Iñaki ‘Uoho’ Antón, y pisar alguno de los festivales más destacados del país y, como regalo, abrir los conciertos en España de un mito llamadoSlash. No parece mal bagaje para haber disfrutado un poco del reconocimiento de público y crítica, pero Ciclonautas echó a rodar en la preparación de nuevas canciones poco después de terminar la gira y os contamos nuestra visión del resultado, ya que hemos tenido acceso al disco.

Lo primero que llama la atención en términos estrictamente numéricos es el derroche empleado con las 23 canciones que compusieron su puesta de largo, con la concreción a una decena de temas en esta ocasión. También, sin salir de la computación, destaca la reducción en el número de colaboradores. Sin en ¿Qué Tal? Se contó con nombres de relumbrón como Roberto Iniesta, ‘Uoho’, Kutxi Romero,Loquillo, El Drogas o La Vela Puerca, en esta ocasión el cameo se reduce a ‘Uoho’, con un Hammond excepcional y a Marc Ford, guitarrista de los siempre revisables The Black Crowes.

Lo que se mantiene igual es el estidio de grabación, Aberín de Navarra, y los mandos de la grabación, un joven Iñaki Llarena que a base de talento lleva camino de aparejarse a los grandes nombres de la zona norte (Cero A La Izquierda, Monte Oso, Nacho Vegas y Cristina Rosenvinge, Ornamento y Delito…).

Sin prisa pero sin pausa el trío se ha marcado sin presiones la salida de este segundo disco, que va a contentar a buen seguro a quienes, como nosotros, nos quedamos prendados de su debut (le dimos Oro en ‘Nuestros discos del año’ en 2014) y los que los han descubierto en las salas que se han marcado a base de carretera (y ojo que además sabemos que la gira de presentación de este álbum va a ser también generosa).

El álbum se abre yendo al grano, con el tema que le da título y que también sirvió de primer videoclip y single de presentación. ‘Bienvenidos Los Muertos’ es una canción que en la primera escucha parece no terminar de romper, pero a la que poco a poco se le coge el gusto hasta volverse del todo adictiva. El tema ya deja entrever la esencia de Ciclonautas, un juego vocal que oscila entre el canto susurrado y templado y las gárgaras con arena, el rasgueo acentuado, como una guitarra más, de un Mai que tiene el mismo talento en la voz que en las manos. Y es decir. También se deja sentir la capacidad para ‘flotar’ sobre la melodía principal que ejerce Txo a las cuatro cuerdas (a veces a uno le dan ganas de que su línea tenga más protagonismo) y un Alén Ayerdi que vuelve a hacer un gran ejercicio de solidez a la batería, una capacidad rítmica desbordante y un golpeo preciso y melódico, haciendo fácil lo difícil.

‘Los Fantasmas del Ocaso’, el segundo corte, se abre con un doble quejido, más arabesco que flamenco, que da entrada a un riff de guitarra que parece haberse acostado la noche anterior conYoung y Richards. El bajo coquetea con mayor presencia en alguna escala tras el estribillo que recuerda hasta al ‘Jumpin’ stoniano. El desarrollo instrumental de las canciones nunca llega al desbarre, pero siempre ‘encabronan’ más, cogiéndote de la pechera y pegándote a la canción. No hay posibilidad de escape. El estribillo es de los más aprehensibles de la lista y las florituras finales ponen lustre.

Aire de blues acelerado para la sureña ‘Pensamientos Perros’, mucho más rítmica y hedonista en las formas, mucho más ligera y divertida, supondrá un acelerón destacado en los conciertos. ‘Uhh Lalá’ es sin duda uno de mis cortes favoritos y uno de los que presenta mayor evolución con respecto a la primera entrega, sobre todo por la épica elegante que confieren las teclas al fraseo y por el break excelentemente punteado en la batería por Alén y susurrado por Mai, con una explosión creciente interesante con el protagonismo de Txo. Un temazo en toda regla, de los que revientan la cabeza.

En la parte central del disco encontramos las canciones más extensas y las dos colaboraciones principales. En ‘Mordieron Luna (Hasta Rabiar)’ llega la aparición de Iñaki Antón en el órganoHammond, tal y como hiciera en la gira. Aprovecha la melodía luminosa del riff para insertar con elegancia ese sonido de corte setentero que suaviza las formas áridas de la banda. Airam Etxaniz en los coros (Gospeliana en el anterior con ‘Demasiado Estuche’ e imponente segunda voz en ‘Poema Sobrecogido’ de Extremoduro) remata una coda final reincidente. En ‘Extraño’ es Marc Ford quien se marca los solos. Un medio tiempo contemporizado y cadencioso que ofrece un marcado carácter americano al sonido más cálido de Ciclonautas.

En ‘Torcido’ vuelven los Ciclonautas más reconocibles en todos los sentidos, áridos y aguardentosos, si bien el estribillo es algo más luminoso y abierto. ‘La Reina’, nunca mejor dicho, es otra de las joyas de la corona, o un viaje psicotrópico que juega con formas de jazz en algunos momentos, que empieza bamboleante y suave, para terminar prendiendo fuego a todo en un último minuto y medio más intenso.

Fetiche’ es el noveno corte. Una canción en la que la contención inicial presagia puños cerrados y mandíbula apretada. Es una de las melodías más virulentas y rabiosas del álbum, necesaria sin lugar a duda. De hecho, el último estribillo es el más forzado vocalmente por Mai, que se marca un solo que evidencia la calidad musical que decía al inicio. El tema recoge con un redoble pseudo-marcial por parte de Alén. Para cerrar, encontramos ‘Carnavalito’, que, salvo alguna concesión en la acentuación de algunas palabras, es el uno argentinismo que se ha permitido Medina en esta entrega. Sonoridad acústica, a la que no abandonan tampoco en directo, que completa una repaso sucinto y certero del universo Ciclonautas.

Quien los probó lo sabe, quien los probó repite. Ciclonautas haciendo un Rock que muy pocos grupos de este país pueden alcanzar, con poso, arena, porte y elegancia. Una banda donde no hay protagonismos estériles, sino que el talento individual de los tres suma para un total más alto.

Ellos no corren para ganar, porque saben que la meta está en sus pies.

Tracklist:

  1. Bienvenidos Los Muertos
  2. Los Fantasmas Del Ocaso
  3. Pensamientos Perros
  4. Uhh Lalá
  5. Mordieron La Luna (Hasta Rabiar)
  6. Extraño
  7. Torcido
  8. La Reina
  9. Fetiche
  10. Carnavalito

Fuente: RockSesión